Manuel “el honrao”
Junio 18, 2008
Desde muy niño Manuel había demostrado una facultad extraordinaria para la lectura. A los cinco años leía las obras de Platón y Aristostéles con desenvoltura, y esgrimía argumentos sofísticos a su familia que le contemplaban con cara de desconcierto.
- ¿Qué haremos contigo Manolito? - suspiraba la afligida madre, mientras el padre bajaba su cabeza callado mirando sus encallecidas manos.
El niño creció en salud e inteligencia. A los diez años ya había decidido lo que quería ser de mayor: quería ser sabio. Se diseñó su propio plan de estudios e inflexible se embarcó en una tarea que calculó tardaría veinte años en cumplir. Se había propuesto leer todo el saber humano, y su portentosa memoria le permitía recordar con minuciosidad todos las ideas que los filósofos desde el origen de la escritura habían plasmado en los libros.
Al acabar la enseñanza obligatoria Manuel comenzó a ayudar a las tareas del campo. Hijo de familia humilde, su valor como fuerza de trabajo era la base para el mantenimiento del pequeño terreno que su padre vigilaba día a día. Cuando nada tenían que hacer el niño gustaba de leer en voz alta los libros que recogía de la biblioteca a su padre. El curtido campesino quedaba dormitando a la sombra del árbol, acunado por las palabras que monótonamente desgranaba su hijo.
Pronto llegó el día en que la bibliotecaria del pueblo cercano se hizo amiga de aquel portento de niño. Su necesidad acuciante de lectura sólo era satisfecha por continuos pedidos a la Biblioteca Nacional, sede de todos los libros que guardaban el saber de la humanidad forjado durante milenios. Matilde, la anciana bibliotecaria, no podía comprender cómo aquel jovenzuelo de quince años podía digerir con semejante velocidad tal caudal de información.
- Pero Manolito - le decía ritualmente cada vez que el chaval le traía la nueva lista de libros a pedir . - ¿Tú realmente los lees?
Aquello sólo era la puerta de entrada para que el joven comenzara a resumirle a la anciana las ideas centrales de cada libro y sus derivaciones axiomáticas. La mujer siempre quedaba boquiabierta ante la exactitud y precisión con que Manuel, habituado ya al manejo de las ideas, le mostraba las derivaciones y conexiones con el resto de pensadores que había leído.
A la edad de veinticinco años el joven ya había conseguido llegar hasta el Renacimiento. Aquel plan de estudios que se había forjado exigía la lectura minuciosa de todo el saber escrito en todas las culturas y desde el principio mismo de la fundación de la escritura. Había comenzado con el pensamiento religioso, para ir desembocando a la filosofía para llegar finalmente al estudio de la ciencia.
Una noche su madre vió que el joven se hallaba deprimido y sin la compañía del libro.
- ¿Que te ocurre Manolito? - le dijo inquieta por el temor que a su hijo le hubiera entrado algún tipo de sortilegio extraño, cosa en que creía mucho aquella mujer del campo.
El joven meneó la cabeza. Parecía triste y abatido por alguna razón que no fuera de este mundo. A la insistencia de su madre por fin sonrió levemente y con aquella timidez suya característica comenzó a explicar el motivo de su congoja.
- He leído cuatro mil quiniento años de historia, madre - le dijo el joven con aire cansado -. Y en todo ese tiempo parece que el hombre no haya conseguido alcanzar la verdad. Todo son guerras, muertes y falsedades que luego muestran su carácter al correr del tiempo.
El joven quedó callado y confuso. La digestión de la lectura comenzaba a resultar cada vez más dificil para él. Lejos de avanzar en sencillez las ideas, éstas se iban complicando y enrevesando a medida que avanzaba en su lectura. Parecía que el tiempo, lejos de aclarar la mente de los hombres, hiciera cada vez más confusa la búsqueda de la verdad.
- Madre… - le dijo aquel joven prodigio de la lectura con el rostro enrojecido. Parecía querer preguntar algo que le costase mucho de expresar.
- ¿Qué hijo mío? - le dijo la vieja aldeana preocupada aún por la salud de su retoño.
Manuel parecía luchar contra sí mismo para hacer aquella pregunta, finalmente dió un fuerte suspiro y miró fijamente a los ojos de su madre.
- La verdad - murmuró casi inaudiblemente - ¿existe?.
María de la Asunción le miró sonriente. A veces no conseguía comprender qué extraña enfermedad había agarrado a su hijo que le hacía tan distinto a los demás. Siempre encerrado leyendo, sin jugar nunca con los chicos de su edad. Más de una vez lo había comentado con el padre de Manuel, y éste se encogía de hombros mientras fumaba su cigarro lentamente y en silencio. El niño era así y nada había que hacer.
- Claro Manolito - le dijo suavemente y con una sonrisa de ánimo -. Claro que sí.
El joven miró largamente a su madre. Parecía que entre aquella analfabeta mujer y su hijo hiperletrado existiera una distancia medida en kilómetros de lecturas. Luego sus tímidos ojos comenzaron a brillar y poco a poco una sonrisa apareció en su rostro.
- Seguiré con mi plan de estudios - le anunció solemne a su madre -. Quizás es que todavía no he llegado al siglo en que la encontraron.
María no comprendió aquella respuesta pero continuó sonriéndole. Lo único que quería era que su hijo creciera fuerte en salud y alegría.
El estudio de la ciencia, moderno hallazgo de Occidente, le enfrascó más tiempo del que él mismo había considerado. Liberado ya del estudio de las religiones y las filosofías, que habían ido cayendo en desuso con el tiempo para permanecer monolíticas en sus afirmaciones, Manuel se enfrascó en aquella nueva literatura que prometía ofrecer la verdad y sólo la verdad a su lector. Abrumado por la extensión de información que existía el joven decidió leer sólo aquello que estuviera enfocado en el hombre: las ciencias humanas, que a su vez se dividían en antropología, psicología, sociología, economía y éstas a su vez en mil vertientes más.
Manuel a veces cerraba un libro desalentado ante tamaña dispersión. Anhelaba aquellas viejas lecturas de su niñez en la que unos pocos hombres hablaban de algo llamado sabiduría. Con el paso del tiempo aquella sabiduría se había fragmentando en tantas corrientes y escuelas distintas que incluso para él le costaba enormes esfuerzos conseguir almacenarlos en su memoria. Allí donde uno decía blanco otro decía negro, y todos parecían ampararse bajo la luz de la verdad.
Leyó y leyó, mientras su padre seguía arando el campo y dormitando su siesta al son de las lecturas de los autores contemporáneos. Un día se despertó sobresaltado por un fuerte golpe de Manuel al cerrar un libro. Le miró con ojos aturdidos aún por el sueño. El joven, ya de treinta años, le miraba sonriente y contento con un enorme libro en su mano.
- Padre - le anunció solemene esa tarde en la que el Sol descendía amable sobre la tierra -. Ya he acabado de estudiar, ahora iré a la capital y hablaré con los sabios para cambiar el mundo.
Manuel padre se quedó boquiabierto mirando a su joven hijo. No conseguía saber a dónde quería ir aquel extraño hijo suyo con tanta lectura.
- Pero Manuel - le dijo con la voz quebrada por los años - ¿Y nuestro campo?. ¿Qué será de nosotros sin tu ayuda?.
El joven le miró sonriente. Meneó la cabeza como si ya hubiera meditado la respuesta de antemano.
- No se preocupe padre - siguió solemne -. En la ciudad encontraré trabajo y les mandaré una ayuda para que puedan vivir con comodidad.
El viejo campesino agachó la cabeza y suspiró. Miró largo rato la cosecha que, madura y alegre, esperaba ser recogida.
- No se trata de eso Manuel - le dijo suavemente -. Se trata de quien cuidará este trozo de tierra que mi padre me dió y que yo quería darte a tí.
- No se preocupe por eso padre - respondió el joven mirándole con fijeza a los ojos -. Debemos heredar la tierra, toda la tierra. Quiero cambiar el mundo para que las cosas vayan mejor, he estudiado a todos los sabios y sé que en la ciudad aceptarán mis consejos.
El anciano padre quedó mudo mirándole como si aquel idealismo de juventud procediera de algún planeta lejano del Universo. Se encogió de hombros y agarrando la bota de vino le dió un buen trago. Luego volvió a bajarse el sombrero y siguió durmiendo la siesta. De nada más hablaron aquella tarde.
Manuel, con su tarjeta recien adquirida, desembarcó en la gran ciudad. Para vivir en ella era necesario agenciarse una especie de tarjeta de crédito con la que se efectuaban todos los pagos. Le había costado grandes esfuerzos conseguir una, dado que no poseía aval para poseerla. Afortunadamente su padre había ofrecido como aval su tierra, y el funcionario, tras contemplar fijamente los criterios barométricos en una pantalla de ordenador le había adjudicado al joven una tarjeta de clase E.,
Buscó un hotel de su clase para poder dormir aquella noche, y tras comer en un restaurante en el que aparecía el código de su letra en la ventana, comenzó a soñar en lo que haría en aquella gran urbe de quince millones de personas. Continuamente sonaban coches y sirenas que le impedían conciliar el sueño con profundidad. Aquella misma noche, alejado del silencio de los arboles y el canto de los pájaros, Manuel comenzó a temer que algo no iba bien en su camino. Decidido dió media vuelta en el lecho y se enfrascó en la única tarea posible: dormir.
Cuando despertó fue a uno de los establecimientos donde existían las máquinas de búsqueda de empleo. Colocó su tarjeta, aceptó pagar el importe de aquel servicio, y comenzó a tratar de rellenar todos las casillas de codificación. Sólo pudo colocar que había realizado la educación obligatoria por el Estado y que su experiencia profesional eran las labores del campo. La máquina, insensible a cualquier tipo de argumentación, le pidió que esperara un momento para procesar su información y finalmente escupió un papel con su nombre y un código numérico. A partir de ahora, rezaba aquel papel, tenía que identificarse con aquel número y ofrecerlo para cualquier oferta de empleo que recibiese.
Manuel lo guardó confiado en que pronto sería llamado para su primer empleo en aquella ciudad. Entró en un bar y pidió un café. Al ofrecer su tarjeta el empleado le miró con enfado.
- ¿Es usted imbecil? - le espetó con ira el camarero. Parecía que Manuel fuera un viejo enemigo odiado durante siglos -. Este establecimiento es para caballeros de clase B.
El joven comenzó a balbucear una excusa cuando una mano en el hombro le hizo darse media vuelta.
- Acaba usted de infringir el reglamento municipal 9.878-D - le dijo un hombre con una placa de inspector en la chaqueta -. Tendrá que abonar la multa correspondiente.
Manuel parpadeó y comenzó a tratar de explicar que todo aquello era debido a un sencillo error. Que acababa de llegar y no estaba acostumbrado a aquello. El agente, impasible, sacó una máquina de una especie de bolsa con un anagrama oficial que llevaba.
- Si me permite su tarjeta - le dijo con tono rutinario .
La máquina dió un silbido y comenzó a procesar vertiginosamente la información de aquel sujeto, almacenándo aquella incidencia en la memoria central.
- Ha tenido suerte - comentó el agente mirando el comprobante que había escupido la máquina -. Es su primera infracción, por lo que no existe recargo alguno.
Le hizo firmar en un pequeño papel que había soltado la maquina, se quedó con la copia, y luego le miró fijamente.
- Tenga usted más cuidado la próxima vez - le dijo con voz de amenaza mientras la clientela contemplaba con desprecio cómo aquel sujeto se había atrevido a traspasar un recinto reservado para usuarios de clase B.
Agarró un autobus que llevaba su distintivo, y olvidando lo sucedido decidió ir a hablar con algún profesor de universidad. Estaba deseoso de poder tener una conversación erudita con aquellos hombres que eran los detentores del saber que tanto había amado a través de los libros.
Al entrar en la puerta de la Universidad comprobó que para acceder a ella había que pasar la tarjeta por una ranura para que una especie de torno le permitiera el paso. Al hacerlo sonó una especie de pito, indicándole que no tenía autorización para acceder a aquel recinto. Volvió a intentarlo y de nuevo sonó aquel zumbido que delataba su molesta presencia.
Un viejo ordenanza se acercó a él desde la pequeña habitación en la que se hallaba. Iba cojeando y le miraba con curiosidad.
- ¿Qué hace usted aquí joven? - le dijo con voz amable.
Manuel suspiró aliviado. Por fin alguien se interesaba por hablar con él. Desde que había estado en aquella ciudad no había conseguido establecer contacto con nadie. Todo el mundo iba con prisas y muy atareado mirando al frente.
- Vengo a hablar con algún profesor -le dijo el joven - Quisiera saber qué tengo que hacer para introducirme en las tertulias que establecen los sabios de esta Universidad.
El anciano pestañeó lentamente.
- Usted no es de aquí, ¿verdad? - le preguntó en voz baja.
Manuel meneó la cabeza negativamente. A instancias del anciano le cedió la tarjeta. Con ella el ordenanza se dirigió a una terminal que tenía en su pequeño despacho y contempló la información que aparecía en ella.
- Esta tarjeta ha sido reprogramada con información actualizada de su condición - le dijo el anciano devolviéndosela -. Usted no tiene autorización que le permita acceder a este recinto.
El joven quedó mudo sin entender nada. El tan sólo quería charlar, intercambiar ideas tal como había leído que hacían los sabios.
- Mire - trató de explicarse al viejo ordenanza -. Vengo de lejos con el deseo de ayudar a cambiar el mundo. He leído mucho y creo que tengo algunas pistas sobre cómo podríamos hacer que el mundo fuera justo e igual para todos.
Antonio, el ordenanza, abrió la boca y la dejó así durante un largo rato. Cuando finalmente pudo cerrarla decidió que aquel hombre debía estar sencillamente loco.
- Larguese de aquí si no quiere que llame a seguridad - farfulló dando media vuelta y dirigiéndose a su habitáculo de trabajo.
Manuel suspiró desalentado. En su imaginación había pensado hablar con los sabios que llevaban el control de la sociedad. Con aquellos incansables buscadores y detentores de la verdad que permitía el avance de la humanidad sobre la ignorancia. Sin embargo, no había conseguido siquiera traspasar la puerta del recinto.
Vagabundeó por las calles pensando cómo debería abordar aquel obstáculo. Se decidió por escribir una carta al rector explicándole su deseo de colaborar en algún proyecto de reforma social. El pobre Manuel creía que las enseñanzas de Platón y Marx tenían que ser todavía aplicadas, que todo los errores habían sido debido a la ignorancia, al desconocimiento, y nunca provocados por la maldad humana. Manuel creía que el hombre era bueno y que sus gobernantes buscaban el gobierno justo, tal como había leído durante toda su vida.
La carta le fue devuelta sin abrir. Se había olvidado de colocar el número de código de acceso que permitía que el despacho del rector pudiera pasar su carta. Escrito a máquina se le sugería que fuera tan amable de dar su número de identificación y el código de acceso para que el rector pudiera leer su misiva.
Tras unos días, y cansado de vagar sin rumbo fijo, decidió personarse directamente en una unidad de salud mental de uno de los barrios más marginales de la ciudad. Manuel había alterado los datos de su tarjeta, práctica habitual en la ciudad, y se había colocado el título de psicólogo bajo previo pago de una buena cantidad de dinero. Aquella falsificación le había costado largas horas de remordimientos, mentir era algo que no entraba en su criterio de valores, pero pensó que era la única manera de poder salir de aquella situación absurda.
Esperó pacientemente en la sala de espera a que el encargado de la unidad saliera de su consulta y le abordó resuelto.
- Quisiera colaborar con ustedes en su ayuda a los enfermos - dijo mostrando toda la entereza posible cuando el doctor le miró desde las alturas de sus gafas clínicas.
El médico se mostró amable, le pidió la tarjeta y comprobó los datos en el ordenador. Meneó lentamente la cabeza.
- No es habitual que alguien venga de esta manera a prestar su colaboración joven - le dijo mirando fijamente la pantalla. - De todas maneras usted carece de los requisitos para poder entrar en esta institución.
- Trabajaré gratis - casi suplicó Manuel -. Sólo quiero colaborar para que la vida de mis semejantes sea mejor y más placentera.
El doctor Gutierrez le miró desde sus impertinentes anteojos.
- Verá usted - comenzó a explicarle pacientemente -. Usted tiene el título necesario para poder ejercer, pero no consta aquí de qué grupo forma parte.
- ¿Perdón? - respondió un confundido Manuel.
- No consta su afiliación a ninguna de las escuelas psicológicas internaciones - contestó inmutable el sabio doctor -. Yo por ejemplo soy de la Internacional Freudiana.
Extrajó una tarjeta de plástico y se la mostró orgulloso. Manuel dió un respingo ante la aparición de una nueva tarjeta.
- Aquí sólo ejercen los de nuestra escuela - siguió el profundo conocedor del alma humana -. En otra unidad se encuentran los de la Escuela Biologista, en otra los de la Escuela Conductista, en otra los de la Cognotivista Americana, en otra los de la Fenomenológica Alemana, en otra…
Manuel dejó que aquel hombre comenzara a nombrarle en cuantos subespecies se dividía la subespecie del conocimiento humano llamado psicología.
- Usted es un autodidacta - oyó una voz llena de desprecio que culminaba toda la larga explicación sobre cómo se hallaba ordenado aquella rama del saber.
Manuel por un momento sonrió con orgullo. Eso sí era cierto, había creído, tal como ponía en los libros, que eso era la mejor educación que un hombre podía tener.
- Cierto - abrió la boca el joven sin poder evitarlo.
El ilustre doctor meneó la cabeza mostrando una evidente muestra de lástima por aquel ejemplar que no había sabido integrarse en algunas de las corrientes de su disciplina.
- Lo siento, no puedo ayudarle - le dijo seco -. Aquí tenemos una responsabilidad con los enfermos, y usted no ofrece garantías que nos permita evaluar su caso.
Manuel don Nadie salió lentamente del hospital. Era cierto que a medida que había ido leyendo los libros se iban haciendo cada vez más sectarios, más de una opinión fija y rigida defendida por sus seguidores. De las viejas polémicas de la antigüedad basados en dos escuelas distintas se había ido pasando con el correr de los siglos a la ausencia de polémica basada en la existencia de miles de escuelas distintas.
Aturdido pagó la multa con recargo por querer consumir un café en un establecimiento no autorizado, y comenzó a darse cuenta del mundo en el que habitaba. A nadie aquí le importaba la búsqueda de la verdad universal, sino la defensa de su corpusculo de poder. No existía la verdad, sino los grupos de poder que se nutrían de seguidores admiradores de los privilegios que concedían por su adscripción.
No era una cuestión de verdad, sino de utilidad. El sueño de los sabios de una verdad que uniera a todos bajo su manto se había transformado en la realidad de saber elegir a qué organización no gubernamental te unías, en qué corriente científica te incluías, qué ideario te ofrecía mayores ventajas.
Asqueado aquel ciudadano de clase E cogió su autocar de clase E, comió su cena de clase E, durmió en su hotel de clase E y soñó con el trauma de la clase E. Cuando se levantó hizó su equipaje de clase E, pagó con su tarjeta de clase E y se dirigió allá a la tierra de su padre. Allá donde un hombre sólo era medido por el paso del Sol y las vueltas de la Luna.
Allá, a la sombra de un arbol, Manuel meditaba sobre lo ocurrido una y otra vez. ¿En qué se había equivocado?. Triste y meditabundo se echaba a sí mismo la culpa del fracaso de su ideal: tenía que haber intentado integrarse de otra manera, haber estudiado bajo la guía de algún profesor autorizado, ser de otra manera.
- A la mesa - dijo su madre.
Se levantó desganando y se dirigió al interior de la casa. Comió con apatía y luego encendió la televisión. Su padre se levantó y se dirigió a una estanteria donde habian unos cuantos libros.
Se sentó y comenzó a leer un libro pequeño.
- ¿Ya no lees hijo? - dijo el padre sin mirarle.
- No - fue la respuesta apática de su hijo.
Pasó el rato y finalmente Manuel comenzó a mirar a su padre. En ocasiones le había visto leer aquel mismo libro.
- ¿Qué lees? - pudo al final su curiosidad.
- La historia de Jesús el Nazareno - respondió su padre.
- ¿Jesús? - dijo Manuel.
El padre asintió y siguió leyendo. El tiempo iba pasando mientras Manuel seguía absorto mirando la televisión.
- ¿Tú que piensas de Jesus? - le preguntó su padre.
El joven parpadeó sorprendido.
- ¿Hablas conmigo?- dijo como saliendo de un trance.
- Sí - respondió afable.
- Bueno, es un personaje histórico sobre el que se ha escrito muchas cosas. Sería muy largo explicarte todas las escuelas que…
- Bien, no tengo prisa - le interrumpió su padre.
Manuel comenzó a hablar y a hablar sobre todo lo que estaba relacionado con él. Habló y habló sin cesar. Su padre le escuchaba y de vez en cuando rebatía una idea u otra.
- Seguiremos más tarde si te parece - dijo finalmente pues tenía que seguir con las faenas del campo.
Manuel quedó cortado y no supo qué decir.
- Puedes acompañarme si quieres - habló su padre -. Es un buen oficio el mío.
El joven se sonrojó y bajó la cabeza.
- Gracias padre - respondió aquel que no sabía cómo ganarse la vida.
Se dirigieron al campo, hicieron las labores mientras el Sol iba deslizandose plácidamente hacia Occidente y retornaron a casa al anochecer. Por el camino Manuel seguía hablando.
- El tema se complica cuando comienzan a aparecer iglesias que se odian a muerte - comentaba Manuel.
El padre asentía mientras miraba el sendero de retorno a casa que tantas veces había pisado. María tenía el guiso preparado y esta vez Manuel comió con más ganas. Al terminar comenzó de nuevo a hablar sobre el tema.
- Nuestro hijo ha leído mucho - dijo sonriente María.
El joven se sintió orgulloso. Siguió hablando y hablando en torno al personaje de Jesús. De pronto su padre le interrumpió y le comentó un hecho de la vida de aquel hombre de la antigüedad. Lo narró con tal pasión que bien semejaba que aquella hazaña hubiera sido realizada aquel mismo día. Manuel se sorprendió de lo bien que contaba la historia su padre.
Así fue como padre e hijo hablaron durante tiempo, mucho tiempo, sobre Jesús el Nazareno. Manuel comenzó a pensar de una manera distinta a medida que iba pasando los días marcados por el compás de la Tierra, la Luna y el Sol.
Pero eso, como suele decirse, es ya otra historia.
La mirada del enfermo
Mayo 14, 2008
Ojo de Halcón despertó inquieto, envuelto en un sudor frío que empapaba todo su cuerpo. Los sueños le perseguían llamándole para que se dirigiera a algún lugar insospechado, temible en su propio desconocimiento. Miró a sus padres y les vió apaciblemente dormidos. Se levantó y salío fuera de la tienda.
El Sol comenzaba a surgir, silenciosamente poderoso, dominando el vasto territorio de la pradera. Las aves cantaban gozosas ante el nuevo día, regojizando el alma de las criaturas presentes.
Pero aquella mañana el joven indio no sentía la alegría en su corazón, algo, como una losa pesada, invadía su ser. Tremendamente fatigado, con un cansancio extraño que le imposibilitaba moverse y sentir, dejó caer su cuerpo al lado de un arbol y allí permaneció quieto e inmovil, con la expresión vacía.
Juan Valcarcel despertó con un sobresalto. Se sentía poseído por extrañas criaturas que le impelían a arrojarse hacia un abismo sin fondo. Se levantó pesadamente y encedió la luz de su pequeña habitación. La ropa de la cama estaba húmeda por el sudor, y un extraño escalofrío recorría intermitentemente su cuerpo.
Salió de su cuarto y se dirigió hacia el salón. La casa estaba en silencio, sólo perturbada por el ruido de un vecino orinando y tosiendo lastimosamente. Abrió la persiana del salón y miró hacia el exterior. El ruido del tráfico entró implacable en la estancia. Miró a su alrededor: coches, edificios y personas que velando su anonimato se desplazaban rapidamente hacia la entrada del metro.
Irguió la cabeza y apoyó su cuerpo en el alfeizar de la ventana para poder mirar al cielo. Arriba, confudiendose entre el humo gris de la ciudad, podía apreciarse que un nuevo día comenzaba.
Juan dejó la ventana abierta, encendió la televisión y postró su cuerpo en el sillón. Dejó que las imagenes le envolvieran, que su mente no pensara…un cansancio infinito le dejó inmovil ante la televisión, sin expresión en su rostro, sin luz en sus ojos.
Oso Moteado salío de su tienda y se dirigió hacia el pequeño río para realizar sus abluciones. Al contemplar a su hijo inmovil en el arbol cambió su habitual camino y se dirigió hacia él. El joven no mostró ninguna reacción al acercarse a él.
- Que el día te sea propicio hijo - murmuró suavemente el cazador mientras se acuclillaba a su lado. Dejó que la impresión corporal que producía su hijo le embargara y aguardó unos instantes para sentir qué era lo que ocurría.
El joven no dijo nada, seguía mirando fijo y ausente al horizonte. Oso Moteado murmuró algo para sí mismo, se levantó y se encaminó hacia la tienda. En ese preciso momento salía Agua de Río, su mujer, peinandose lentamente su larga cabellera negra.
El cazador se paró ante ella con rostro serio y moviendo la cabeza en dirección al joven murmuró lentamente unas palabras.
- Nuestro hijo está hechizado - dijo sin mostrar ninguna emoción en sus palabras.
La madre miró a su hijo y estuvo absorta contemplándole. Bajó la cabeza y suspiró. ¡Qué pronto los niños se volvían hombres!.
- Es hora de su desafío - susurró para sí.
El bravo cazador sonrió a su mujer, la abrazó y quedaron juntos mirando la estampa del joven Ojo de Halcón inmovil en el arbol.
- Sí mujer - respondió -. Es hora de su encuentro con el Espíritu.
Ahora sólo era necesario llevarle a Viento Nocturno. Así eran las cosas en su pueblo.
El señor Valcarcel se levantó irritado tras darle un zarpazo al despertador. Se vistío lentamente y a desgana mientras escuchaba el sonido estridente del televisor.
- Maldito crío - murmuró para sí mismo.
Salió de la habitación y se dirigió hacia el salón. Allí estaba su hijo, absorto, inmovil, como un vulgar estúpido, contemplando la televisión.
- Baja ese trasto - gruñó mientras se dirigía hacia la cocina.
Al pasar a su lado notó un cierto escalofrío, como si el joven no estuviera allí. La televisión seguía en el mismo volumen, desgranando su retahila de muertes e intrigas políticas.
- Maldito crío - volvió a gruñir mientras se tomaba su café.
Estaba harto de su hijo y su mala educación. Se dirigió de nuevo al salón irritado y se plantó entre su hijo y el televisor.
- ¿Qué te he dicho? - dijo amenazadoramente.
El joven ni pestañeó, como si pudiera traspasar el cuerpo de su padre y seguir contemplando su televisor.
El señor Valcarcel sintió algo amenazador en la actitud del joven. Era como estar en presencia de un alienado, de un zombie. Sintió un ataque de pánico. ¡Sería su hijo uno de esos inmundos drogadictos!. ¡Ese sería el pago de su sacrificio!
Se dirigió apresuradamente a la habitación de matrimonio para encontrar a su mujer que salía del lavabo, tras tomar su dosis matutina de un estabilizante del humor. Sintió cierto disgusto al contemplar aquella figura ajada, fea y estropeada que era su mujer.
- Tu hijo o está loco o merece una bofetada - le dijo al cruzarse con ella.
La señora Valcarcel no respondió y miró con irritación a su marido. Secretamente le echaba la culpa de su sentimiento de vacío y de aquella fatiga nerviosa que le obligaba a medicarse. Se dirigió hacia el salón y miró a su hijo. Al verlo su corazón le dió un vuelco…¡lo sabía, sabía que su hijo acabaría por volverse loco!. Aquella expresión estúpida, aquel estar sin estar…o estaba drogado o simplemente había caído en alguna terrible enfermedad psicológica.
- Tenemos que llevarle rápidamente al psiquiatra - gritó excitada aquella mujer que tanto sabía de psiquiatras y medicamentos.
El padre miró hacia el suelo y sintió que algo se hundía en él. Ya no era sólo su mujer, ahora también su hijo. Se vistió lentamente sintiendo la tremenda verguenza de llevar a su hijo a un loquero, el sentimiento de fracaso viril por tener un hijo tan inepto.
- La culpa es de la enferma de su madre - murmuraba una y otra vez mientras el odio crecía lento y sostenido en su interior.
Viento Nocturno estaba en la puerta de su tienda contemplando la llegada de una familia. Ligeramente apartado de los demás, por su condición de hombre-medicina, vivía en estrecho contacto con la realidad tanto de su tribu como del Misterio que les guardaba.
Oso Moteado y Agua de Río le saludaron respetuosos al llegar a su altura. El chaman respondió sonriente al saludo y prestó toda su atenció al joven que les acompañaba. Dejó que su alma sintiera el alma del joven y asintió lentamente.
- Desde cuando está así - murmuró lentamente sin dejar de mirar al joven.
El padre le respondió que su hijo había quedado inmovil en un arbol aquel amanecer. La madre amplío la respuesta comentando que hacía ya semanas que notaba que su hijo se comportaba extrañamente, como ausente de la realidad cotidiana.
Viento Nocturno asintió para sí, tocó ligeramente con su bastón emplumado el cuerpo del joven y notó como al contacto de su poder se estremecía ligeramente Ojo de Halcón.
- Bien, bien, muy bien - susurró para sí el médico -. Dejadle aquí conmigo y esperad tranquilos su regreso.
Oso Nocturno sonrió satisfecho. En su interior anidaba la preocupación de que fuera algo realmente grave. La actitud de su chamán le hizo reafirmar la idea de que su hijo simplemente iba a ser iniciado.
Ojo de Halcón quedó quieto mirando el suelo, sin atender a nadie ni mostrar reacción alguna a la marcha de sus padres. Viento Nocturno comenzó a encender un fuego e hizo sentar con suavidad al joven ante la hoguera. Luego preparó una infusión de hierbas y se lo entregó al joven que, indiferente, lo tomó. Aquella bebida agradable y fuerte le hizo despejarse sacandole de su modorra.
Alzó la cabeza y miró el rostro del hombre que le acompañaba. Era el sabio Viento Nocturno que le contemplaba sonriente por las llamas de la hoguera. Sin poder evitarlo sonrió a su vez.
- Mañana iremos al Lugar Sagrado - comentó el chamán mientras alzaba su rostro hacia las estrellas.
El joven suspiró satisfecho. Se sentía bien y protegido por el poder de su chamán. Se tumbó y dejó que el sueño le invadiera.
Los padres de Juan Valcarcel miraban expectantes la puerta de la consulta del psiquiatra. Avergonzados de llevar a su hijo, miraban furtivamente a la gente que pasaba tratando de hacer ver que “aquello” no iba con ellos. La sensación enojosa de llevar a un “enfermo mental” les hacía sentir molestos y avergonzados.
Aunque el psiquiatra Puigvert era considerado uno de los mejores especialistas de la ciudad, el señor Valcarcel mantenía sus dudas ante el hecho de visitar a ese “matasanos”. Se sentía por un lado orgulloso de poder llevar a su hijo a la consulta privada de este especialista, de poder pagar sus altos honorarios, eso confirmaba su triunfo en la jerarquía social; por otro se sentía enojado de tener que estar esperando tanto tiempo debido a que no había pedido hora con antelación. Aquella perdida de tiempo era perdida de dinero, y esto para un hombre tán practico y resuelto como el señor Valcarcel le hacía sentir enfermo. Era como si el mundo no se ajustara a sus correctas normas.
Miró a su mujer. Ahora vestida y maquillada parecía una mujer atractiva y joven. Sólo él tenía que tragarse al adefesio que se escondía tras la cara ropa y el elegante maquillaje. Su hijo seguía absorto, mirando sus zapatos como si nada más existiera en el mundo. Sintió un fuerte disgusto al contemplarle. Excesiva mano blanda, se dijo para sus adentros, esto es lo que ha hecho que mi hijo salga tan debil.
El señor Valcarcel aceptaba que su mujer fuera al psiquiatra, era algo propio de mujeres, de su innata debilidad. Pero un hombre, un tío con cojones, no podía permitirse aquella tontería. Por un momento pensó que su hijo era marica y su desprecio aumentó aún más.
- Todo lo que tiene son mariconadas - soltó al fin con desprecio el padre para así ocultar su dolor.
La madre ni le miró. Estaba harta de la prepotencia de su marido, de su jactancia por conseguir un dinero que les permitía tener un caro coche, una gran piso en un buen barrio. En el fondo ella y su hijo eran las victimas de aquel estúpido simio que sólo entendía de negocios y deportes.
Apareció la enfermera, impecablemente vestida de blanco y con sonrisa estereotipada, para anunciarles con solemnidad que el doctor ya podía recibirles. Con fastidio se levantaron y se dirigieron a la lujosa consulta donde esperaba un hombre de mediana edad, vestido con bata blanca, y arropado a sus espaldas por unos títulos que certificaban su conocimiento del alma humana.
Apretón de manos profesional, sonrisa profesional, comentario ligero profesional, sentarse en mullidos sillones, ligera mirada profesional al joven catatónico, y adopción de rostro serio profesional.
- Ustedes dirán - comenzó gravemente el doctor su ritual medico.
Los padres se miraron mutuamente para ver quien comenzaba a hablar. Momento de silencio embarazoso mientras el joven Juan seguía mirando a la nada. Rompe a hablar la madre para ser inmediatamente interrumpida por el padre, rito cotidiano para demostrar que en el fondo sólo los hombres pueden hablar seriamente de algo.
- Verá doctor Puigvert - comienza la madre con un tono de admiración reverente y ansiedad redentoria.
- Mire - corta resuelto el padre en tono de negocios - lo que pasa es que mi hijo está así desde esta madrugada, como atontado.
El padre baja la voz y mira con astucia al doctor.
- Es posible que esté drogado - murmura recordando todo lo que sale en la televisión sobre el terrible mundo de las drogas.
El doctor, como buen profesional, no se inmuta y comienza a realizar su anamnesis. ¿Desde cuando han comenzado los síntomas, ha tenido algún transtorno anterior, algún precedente en la familia?. Lo anota todo meticulosamente con su pluma dorada en su carpeta de cuero en la que está grabada su nombre.
La madre comienza a afirmar que su hijo está así desde hace tiempo, que no parece querer nada, que no está contento con nada. El padre afirma que está excesivamente consentido. Todo lo escucha el doctor con esa mascara profesional en la que nada entra pero en la que parece atender con seriedad y rigor.
Se acerca al joven y chasquea los dedos. Inmovil indiferencia del catatónico murmura para sí. Es necesario hacer un analisis profundo. Examinar con minuciosidad las causas de estos síntomas. Debe quedarse en su lujosa clínica para una revisión completa. Ya serán informados debidamente.
Palmaditas a la espalda de la afligida madre, serio apretón de manos al negociador padre que está calculando el precio de la mariconada de su hijo. Les acompaña hasta la puerta, una cortesía inaudita debido a la confianza que tiene con la señora Valcarcel.
El joven queda sólo y es acompañado por un enfermero hasta una higiénica habitación. Se le administra un fuerte sedante y se le deja en una de las habitaciones de los distinguidos clientes monitorizados elegantemente por circuito de televisor.
El joven Valcarcel siente que su mente se embota completamente por la acción del sedante y cae dormido mientras mira fijamente aquella pared blanca de su atildada habitación.
Ojo de Halcón camina tras Viento Nocturno. Andan a paso tranquilo, y el joven se deja llevar por el impulso de la marcha que imprime el chamán. Cada cierto tiempo el médico para de pronto la marcha y observa divertido la inercia del joven que sigue caminando hasta que advierte que nadie le precede. Entonces se detiene como un muñeco sin cuerda.
Viento Nocturno vuelve a avanzar y de nuevo imprime un ritmo fijo a la marcha. Aquel ritmo de su caminar parece tener una razón definida, como si el andar sujeto a una constante diera confianza y seguridad al desconcertado joven.
Así andan durante horas, deteniendose de pronto, rompiendo el ritmo, y volviéndo a caminar. El cuerpo del joven parece finalmente adivinar el ritmo invisible haciendo sentir confianza y certeza a la atribulada alma del joven. Todo va bien siente Ojo de Halcón.
Al llegar a una montaña se detienen y Viento Nocturno se mantiene inmovil durante un rato. Espera el signo propicio para que ambos puedan celebrar la unión con el Espíritu. El joven se sienta y mira fijo a la montaña. Algo oscuro parece salir de lo profundo de su alma y hacerle recordar sueños ignorados. Voces extrañas invaden su alma y le susurran recuerdos lejanos.
Viento Nocturno finalmente se sienta complacido.
- Eres afortunado - comenta mientras le ofrece comida y bebida al joven -. El Espíritu desea hablar contigo.
El joven mastica en silencio, con la mirada absorta y fija en la cumbre de la montaña. Allí, allí donde el aguila vuela majestuosa en silencio.
El doctor Simón realiza las pruebas rutinarias al paciente del día. Asqueado de realizar siempre lo mismo mira con cierta desgana al joven Valcarcel. Se siente harto de ser el ayudante de aquel petimetre de Puigvert, de aquel tipejo que lo único que sabe es a quien ha de lamerle el culo. El también tendría su propia clínica si supiera qué manos apretar, que orejas adular…por supuesto que sí.
El catónico sigue sin prestar ninguna colaboración a la realización de baterías de test. El doctor Simón ha visto muchos casos como éste, pero el hecho de realizar el diagnóstico con todo un sistema multi-procedimental da un aire de sofisticación y lujo a su clínica. Ha de realizarse aunque él ya sepa que es otro caso de esquizofrenia catatónica.
Se pasan toda la mañana tratando de que aquel sujeto colabore con su ciencia. Finalmente, tras comer en soledad en su habitación, es devuelto ahora a la doctora Paez. Joven discípula de Puigvert, e incondicional seguidora de su teoría clínica, realiza las pruebas más sofisticadas. Analisis bioquímicos y un escaner cerebral de última tecnología. Esto da una sensación de confianza y rigor a todos los profesionales y permite que el cliente pague abrumado por tal demostración de tecnología.
Mientras se termina el informe para el doctor Puigvert el joven es devuelto a su habitación y de nuevo sedado. Mañana será el gran día, cuando por fin el doctor dictamine su veredicto.
Han llegado a un lugar cercano a la cumbre. Viento Nocturno prepara los ceremoniales del rito. El cuerpo del joven es bañado por el agua del arroyo, pintado con los símbolos de poder, aromatizado por las hierbas especiales para aquel momento.
Viento Nocturno ingresa al joven en el círculo sagrado, y consagra dicho espacio como lugar de vinculación.
Canta a la Familia Sagrada, a la Antepasada Madre Tierra y a la Misteriosa Luna, al Antepasado Padre Sol, y al Antepasado Misterioso Espíritu que nadie conoce y que todo lo gobierna.
Le da de comer el alimento sagrado, alimento que siempre les ha unido al Reino del Espíritu, y comienza a cantar suavemente recordando las leyendas de su tribu, el poder de sus antepasados, el vinculo ancestral de ellos con el Espíritu.
La Noche envuelve el lugar, a lo lejos el lobo canta a la Luna, el mochuelo entona su melodía. Viento Nocturno se une al misterioso reino de la Noche y deja que su espíritu sea llevado por el sentimiento arcano. Canta y marca el ritmo con un pequeño tambor, manteniendo así constante el mundo dentro del circulo sagrado, círculo de los cuatros puntos cardinales en cuyo centro reposa el joven.
Ojo de Halcón de pronto despierta a aquel reino amenazante que tanto le oprime en sus sueños. Allí hay voces y visiones que le introducen en un misterio. Despierto al mundo del sueño penetra en él sin temor, con la guía de aquella voz que le acompaña en su viaje interior.
Es hora de que comprenda quien es él, cual es su herencia y cual su lugar en el mundo.
Y para nacer a una nueva comprensión hay que morir a la vieja.
Sesión de reunión matutina entre doctos profesionales de la psiquiatría. Comentarios sobre el tratamiento de los diferentes pacientes. Llega el turno del joven Valcarcel. El doctor Puigvert ojea severamente el dossier de cada uno de sus ayudantes, mostrando que no necesita realmente examinarlos para saber qué padece el joven.
- En mi opinión padece una fuerte carga delirante que le hace encapsularse en su mundo interior por miedo a afrontar la realidad - comenta despreocupado el doctor Simón.
Puigvert asiente en silencio. Es posible que la esquizofrenia estuviera ya larvada dentro de la estructura familiar, y que el miembro más joven haya sido el agente sintomático de revelación de dicha estructura sistémica.
Los analisis clínicos revelan una alteración bioquímica en el funcionamiento cortical. El analisis de espectro muestra cierta disfunción de las ondas cerebrales en el lóbulo temporal. Un exceso de ondas delta y theta que muestran una clara disfunción del correcto funcionamiento del mecanismo cerebral. La doctora Paez calla complacida tras su exposición, una demostración clara de que su trabajo es verdaderamente científico, positivo y evidente, alejado de teorías aún no comprobadas.
Símon se defiende, ante la sensación apabullante de ser engullido por datos bioquímicos y electromagnéticos de su colega, afirmando que el contenido de los delirios está relacionado con contenidos mágicos. Una muestra más de que la razón del joven está sujeta a una aberración.
- Es posible que la culpa la tengan un padre tiránico y cruel junto con una madre victimista y sumisa - sentencia sabiendo que la señora Valcarcel es ya cliente de la clínica.
Puigvert asiente en silencio, como si todo lo expresado ya lo supiera de antemano. Sentencia el tratamiento, manda que sigan tratando con la misma dosis a Fulano, que bajen la de Mengano, que suban la de Zutano…por fin terminan la sensación satisfechos de haber mantenido el orden ante el caos de la enfermedad.
Viento Nocturno rie alegre mientras contempla al joven Ojo de Halcón empecinado en subir a la cumbre y atrapar una pluma de águila. La noche ha estado llena de poder y misterio, y el joven ha saludado al Sol y despedido a la Luna lleno de reverencia y comprensión.
Ojo de Halcón contempla un momento los polluelos del águila y sonríe contento. Algún día aquellas debiles criaturas seran tan poderosa y regias como sus padres. Bendice a los aguiluchos, toma delicadamente una pluma y saludando al Sol agradece al aguila, que vuela lejana en pos de alimento, el regalo.
Baja presuroso, lleno de vida y aún nervioso ante la visión de la noche pasada. Una visión que le une al clan de águila, y que es promesa de un futuro poder que se desarrollará a su tiempo.
Viento Nocturno deja ahora que el joven imprima la marcha, el ritmo del caminar. Ora excitado, ora cauteloso, el joven camina mirando todo a su alrededor con nuevos ojos. Ahora sabe que forma parte de la familia del Espíritu, que todas las criaturas lo son, y que todo se halla imbuído de su misteriosa presencia.
No comprende cómo no había sentido aquello antes, se le antoja que en verdad antes estaba muerto y ahora está vivo, verdaderamente vivo. El joven camina sin cesar de cantar, recordando la canción de poder que recibió anoche. Viento Nocturno le contempla sereno sintiendo el poder del joven. Es posible, se dice, que aquel joven esté llamado a practicar su arte. Su poder y el trato del Espíritu con él esa noche, repleto de signos y presencias invisibles, así lo anuncian.
Por fin, tras una rápida y excitada marcha, que sigue Viento Nocturno satisfecho e irónico, contemplan el valle donde vive su tribu. El chaman se dirige a su casa, y le cuenta leyendas que afirman que lo vivido por el joven ha sido vivido por otros, incluso por el propio chaman. Así pasan la tarde, esperando el anochecer para que el joven vuelva a casa de sus padres.
Los padres esperan inquietos en la sala de espera. La sensación de perdida de su hijo, de no saber qué hacer ni qué esperar les abruma. La señora Valcarcel ha tomado no sólo su dosis matutina de estabilizante de humor, sino un fuerte sedante que le ha hecho mantenerse medio dormida toda la noche, mientras su marido bebía en silencio en el salón contemplando absorto el televisor y sin parar de fumar.
Por fin aparece la enfermera para invitarles en tono solemne a entrar en el distinguido despacho del doctor. Toda una eminencia, como afirma la señora Valcarcel a sus amigas cuando trata de demostrar su alto nivel adquisitivo.
Serio y grave les espera el doctor. Saludo cortes y profesional, invitación a sentarse, y minutos en silencio contemplando cómo el doctor examina lentamente un dossier lujosamente encuadernado donde aparece el nombre de su hijo.
Por fin Puigvert se quita las gafas y las coloca en la mesa. Baja la cabeza suspirando mientras enlaza sus manos con un estudiado gesto profesional. La expectación crece en el despacho, el padre inquieto no sabe cómo moverse ni si puede encender un cigarrillo para calmarse. La madre espera simplemente el veredicto de su admirado doctor.
- Ante todo no quiero alarmarles - comienza pausadamente mientras se oye un gemido de la mujer que los hombres parecen ignorar -. Su hijo está padeciendo un trastorno mental agudo, pero evitaremos con todos nuestros medios que pueda convertirse en crónico.
El señor Valcarcel siente que se hunde bajo tierra, lo sabía, sabía que algo malo debía pasarles. Primero la loca y frustrada de su mujer, ahora el estúpido de su hijo. ¿Es qué no les ha dado todo lo que querían, no les ha otorgado un nivel de vida que muchos envidian?. Se siente traicionado, atacado en su logro masculino de obtención de poder para su familia. El gran macho herido por algo que desconoce, y que siempre ha creído ajeno a su entorno, propio de débiles y desgraciados.
- ¿Qué quiere decir usted? - se recompone adoptando su aire de profesional de los negocios. Seguro que sólo quiere sacarle más dinero. Todo el mundo es igual. Vampiros que sólo buscan roerte hasta los huesos.
Puigvert cierra el dossier, mostrando así que está dispuesto a bajar al lenguaje coloquial. Esto es algo que sólo un distinguido profesional haría.
- Su hijo padece fuertes delirios que le hacen alejarse de la realidad - responde seriamente.
- O sea que está loco - replica irritado Valcarcel haciendo caso omiso a los sollozos que comienza a exhibir su mujer. Ella puede llorar, pero él es un hombre y va a mostrar su dureza.
El doctor sonríe y mueve una mano como apaciguando el ánimo del ofendido padre de un hijo que se ha vuelto chalado.
- No en absoluto - miente tranquilizadoramente -. Es simplemente una disfución bioquímica de su cerebro que puede ser arreglada.
Abre de nuevo el dossier y les muestra solemne los analisis químicos y el escaner cerebral que muestra el cerebro del joven en tres dimensiones y colores.
Puigvert comienza a hablar de neurotransmisores y disfunciones bioquímicas lentamente, sabiendo que simplemente es una charla tranquilazadora, una jerga incomprensible para sus clientes que les hace sentirse confiados ante la pericia del esotérico conocimiento del profesional.
Interrumpe las mutuas acusaciones de los padres, el odio latente que estalla ante él. Está acostumbrado, sabe como tratar esa situación. Insiste en que nada especial ocurre. Sólo seran tres meses de observación y luego podrá volver a su casa, con un medicamento antipsicótico, tratamiento durante cinco años y terapia psicodinámica.
La madre suspira relajada, sabe que no es tan malo vivir bajo medicación por su propia experiencia. El padre gruñe por debajo calculando el tremendo gasto que va a ocasionarle el marica de su hijo, y la verguenza de tener que vivir con un loco. Se dice que ha de mantenerlo en secreto, que nadie ha de saberlo.
Juan Valcarcel se ha convertido en un lastre y humillación para los padres y para su sociedad.
Oso Moteado contempla en silencio, sentado en el fuego con otros cazadores, el retorno de su hijo. Un fuerte orgullo estalla en su pecho al ver el adorno en la cabeza de su hijo: una pluma de águila, el primer desafío realizado, el primer logro de su hijo que es ahora hombre en su tribu.
Un compañero palmea la espalda del padre y le felicita por la hazaña de su hijo y por el futuro que le espera. Oso Moteado sabe que ha llegado el momento de pensar en el futuro de su hijo, ahora que forma parte real de los hombres de su tribu.
Agua de Río, desde su tienda, contempla a aquel joven orgulloso que se aproxima a los hombres de la tribu. Sonríe satisfecha, sabía que su hijo sería bendecido por el Espíritu…y sueña con un futuro en el que Ojo de Halcón sea un hombre con muchas plumas en su cabeza.
Un hombre respetado y realizado.
Un hombre real.
Mea Culpa
Marzo 27, 2008
Me llamo Samht Rista, Alba Rosada. Soy hija de That Ru, Trueno Alegre, y mi madre, Mahrit , Ola Marina, me ha enseñado todo lo que yo sé. Mi pueblo es respetado por las tribus vecinas, y es famoso por sus danzas y cantos, así como por hacer bellos dibujos en sus casas.
Dice mi padre que en otro tiempo hubieron muchas luchas entre las tribus hasta que finalmente llegó un hombre poderoso que marcó las leyes en la tierra. Desde entonces vivimos en paz, e incluso cooperamos en las tareas de recoger los frutos de la tierra.
Me siento muy orgullosa de mi padre, pues es el Nahua, aquel que baila en las festividades del Sol. Nos pasamos todo el año recogiendo plumas de diferentes aves y haciendo la ropa que va a mostrar en ese momento tan especial para nosotros. Celebramos que nuestro padre el Sol nos concede la soberanía de nuestras vidas, y se la entregamos con grandes fiestas a nuestra madre, la Tierra.
Mi padre es un hombre muy especial, orgulloso y altanero, es el más hermoso cuando representa el primer vuelo del hombre como ser libre. Despliega sus alas, hechas de múltiples colores, y baila con tal fuerza y belleza que todos nos sentimos agradecidos de que nos represente como hijos del Cielo.
Ahora me encuentro confundida pues han llegado unos hombres barbudos con armas extrañas a nuestro pueblo. Descendieron de una gran barca, tan grande que cabrían todas las nuestras en la suya, y comenzaron a hacer tratos con nosotros pero de un modo que no nos parece justo. Los hombres recelaban de ellos y a muchas de nosotras se nos sugirió que no nos cruzaramos en su camino pues miran a las mujeres de una manera fea y turbia.
Llegado el día de las fiestas del Sol fueron invitados a presenciarlo. Todo iba bien hasta que uno de esos hombres extraños comenzó a gritar a los suyos y alzando una especie de cruz pero más alargada obligó a todos a marcharse de nuestra fiesta.
Pasados unos días llegaron vestidos con ropas que brillaban al Sol y comenzaron a matar a las personas sin mediar palabra. Nuestros hombres intentaron luchar pero sus armas no les hacían daño, y pronto hubo tantos muertos que se decidió rendirse y pedir piedad a este enemigo traicionero.
Desde entonces las cosas han cambiado en nuestro pueblo. Los niños somos obligados a aprender su lengua, las mujeres ahora deben ir cubiertas hasta el cuello sin mostrar su cuerpo, y los hombres obligados a inclinarse cuando ven a uno de esos extranjeros.
Nos enseñan ahora la verdad, según nos dice uno de los ayudantes del hombre de negro. Todo lo que nuestro pueblo creía era mentira, era fruto del enemigo de su dios, y por eso tuvimos que ser justamente castigados. Ahora los niños recitamos unas palabras que dicen que aplacan a su dios, pero mi padre no cree en esas cosas y ha sido atado a un poste y castigado con una especie de tiras que al golpear el cuerpo le hacen sangrar.
Mi madre llora mucho y acude cada noche a curar las heridas de mi padre. Le pide que viva y que acepte la voluntad de nuestros amos pero mi padre recuerda sus tiempos de Nahua y dice que es preferible morir. Lleva tiempo así y cada vez parece más debil. Los hombres pasan a su lado y no le miran, prefieren bajar su cabeza al suelo.
El hombre de negro ha dibujado una serie de imagénes en el suelo, cerca de donde está mi padre. Obliga a todos a pasar por ahí y arrodillados señalar las imagénes indicando los males que hemos cometido. Luego deben arrepentirse y acercandose de rodillas al hombre de negro recibir su bendición. Mi padre mira todo eso con desprecio y nos dice que somos hijos libres del Cielo. El hombre de negro se enfurece y manda que le vuelvan a castigar.
Esto ocurre desde hace ya tres meses, mi padre ya es la sombra de sí mismo. El pueblo dice que en la fiesta del Sol mi padre tendrá que liberarse si quiere volver a bailar al Sol. Pero ya estamos en el tiempo marcado y mi padre sigue atado. No hay fiesta, sólo hay el trabajo al que estamos todos obligados. Se han llevado hombres, mujeres y niños a su barco y han marchado.
El hombre de negro habla ahora mucho con mi padre, por lo visto sabe que es el Nahua y que es el símbolo de nuestro orgullo. Habla mediante otro de los nuestros que ya sabe hablar su lengua y traduce las palabras entre ellos. Mi padre niega con la cabeza e incluso ha escupido a los dibujos del suelo. Eso ha hecho que le vuelvan a castigar dejando todo su cuerpo marcado de sangre.
Hoy el hombre de negro me ha cogido del pelo y me ha llevado ante mi padre. Ha dicho unas cosas a mi padre y él me ha mirado con mucha fijeza. De pronto sus ojos han comenzado a llorar y asentir con la cabeza. El hombre de negro ha sonreído y ha mandado que le soltaran. Mi padre ha caído al suelo cuando le han liberado, se ha acercado a una de las imágenes y la ha señalado con fuertes temblores.El hombre de negro ha gritado muchas veces unas palabras hasta que mi padre se ha conseguido levantar lo bastante para ponerse de rodillas y decir esas extrañas palabras. Entonces el hombre de negro le ha bendecido y le han dejado que lo llevaramos a casa.
Esta noche miro a las estrellas y recuerdo a mi padre cómo se golpeaba el pecho, donde está nuestro corazón, y decía estas palabras:
“Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”.
Las ropas del Nahua se han quemado, ya nada quedan de las alas de multiples colores, de los cascabeles que hacía sonar mi padre cuando bailaba. Ahora sólo veo a un pájaro que cayó.
La revelación extraterrestre
Febrero 11, 2008
- Efectivamente - afirmó aquella extraña criatura delante de mí - la humanidad es un experimento genético que realizamos hace decenas de miles de años.
Aquello apaciguó por fin mi ansia de saber. No explicaré la larga busqueda que tuve que realizar para conseguir ser abducido por una nave extrarrestre. Las interminables noches en vela mirando el cielo, las arduas pesquisas para hallar los lugares más favorables para el contacto.
El hecho es que por fin mi teoría había sido demostrada. La lógica conclusión de la ciencia era que el paso del mono al hombre exigía una explicación, y ese famoso “eslabón perdido” era la intervención extraterrestre.
Satisfecha por fin mi explicación una terrible duda me asaltó. Confuso, contemplando el intricado sistema de luces de la nave, volví a preguntar.
- ¿Y ustedes de donde vienen? - pregunté.
- Nosotros fuimos a su vez un experimento genético de los Antiguos - respondió aquella criatura que procedía de miles de años-luz.
- ¿Los antiguos? - exclamé.
- Sí, ellos, igual que nosotros con vosotros, tambien intervinieron mezclando su código genetico con nuestra especie hace cientos de miles de años.
Comencé a notar que la cabeza me daba vueltas, miré mi entorno como si todo fuera una alucinación.
- ¿Y entonces ellos…de donde proceden?- musité sintiendo un cierto vertigo a la locura.
- De Dios naturalmente - inclinó la cabeza el alienígena.
El Bohemio
Febrero 4, 2008
Erase una vez, en alguno de esos pueblos perdidos de España, que sonó por la calle mayor el sonido de un carro que se iba acercando lentamente. La gente del pueblo acababa de salir de la misa del domingo, aquel rito en el que todos tratan de mostrarse lo más decente y correcto posibles. Tras la simulación los niños corrían nerviosos, y los jovenes se lanzaban miradas furtivas cargadas de un deseo imposible. Tan sólo los viejos se movían satisfechos, con esa satisfacción de saber que todo está en el orden aprobado, bajo su mando y dominio.
El cura del lugar aleccionaba a uno de sus feligreses sobre la necesidad de control conyugal cuando el sonido del carro se le hizo evidente también para él. Dirigió su mirada hacia el fondo de la calle mayor, el único camino que unía al pueblo con el exterior, y vió cómo un enorme perro negro aparecía trotando con un aire semejante a un lobo de los montes.
El sonido del carro se hizo aún mayor y el pueblo quedó parado, absorto en aquella extraña novedad. Cuando apareció el vehículo todo el mundo respingó instintivamente al contemplar su extraña imagen. Un gran caballo plateado empujaba un carro decorado con mil y un dibujos distintos. Cada uno de esos dibujos provocó un estremecimiento en la mente del cura. Esos símbolos tan sólo aparecían en los libros que cuidadosamente él guardaba sobre alquimistas y hechiceros.
Manejando el carro apareció la figura de un hombre vestido de negro, con un sombrero ancho y calado que impedía ver su rostro. El carro siguió su camino hasta llegar a la plazoleta donde estaban reunidas las personas, la plaza mayor, y sin mediar palabra detuvo el vehículo con un chasquido seco de su lengua. El caballo movió nervioso su cabeza y quedó clavado al instante.
El hombre alzó la cabeza y miró al cielo directamente, sin atender a las miradas que la gente le lanzaba. Sonrió suavemente y entonces dirigió su vista al grupo que le rodeaba.
- Buenos días - dijo con voz fuerte y clara.
La respuesta fue una mezcla de silencio y murmullo, la apariencia de aquel forastero no era grata a los ojos del pueblo. El forastero sonrió, como si ya estuviera sobre aviso de la reacción, y de un agil salto se plantó en tierra. Acto seguido se dirigió hacia uno de los laterales del carro y moviendo una palanca saltó un mecanismo que abrió una enorme pancarta en la que, entre brillantes colores y rutilantes estrellas, aparecía un nombre: Eloiso. El Hechicero.
El cura respingó al leer aquel título, y los pocos que podían leer difundieron el texto entre la multitud de analfabetos de la que constaba la población. Pronto se produjo una fuerte murmuración repleta de nerviosismo y excitación.
El forastero, sin mediar palabra, sacó una mesa y unos cuantos objetos del carro, se colocó una capa y saludó entonces con una elegante reverencia.
-Señoras y señores, les agradezco su atención. Vengo de otras tierras de las que traigo secretos maravillosos y curas extraordinarias para el bien de ustedes - recitó con voz teatral.
Sonrió y alzando una mano al publico la mostró abierta, luego la cerró y al volver a abrirla una llamarada surgió de ésta. El público lanzó un grito de admiración y pareció que diera un paso hacia atrás. Acto seguido el forastero se sacó el sombrero, lo mostró al público y finalmente sonriendo sopló suavemente en su interior.
En el acto una blanca paloma surgió del sombrero volando rauda hacia lo alto. El publico aplaudió ante aquella estampa. El forastero sonrió e inclinó la cabeza en señal de reverencia. La paloma dió unas cuantas vueltas en el aire y finalmente fue a descansar sobre un hombro del hombre. Este ladeó la cabeza y pareció que la escuchaba.
- Me dice mi amiga que entre ustedes hay personas que están deseosas de que se les adivine el porvenir, y de adquirir remedios extraordinarios para su salud. Han tenido suerte pues pienso quedarme unos días en las afueras del pueblo.
De inmediato, ante el pasmo general, el forastero colocó sus cosas en el interior del carro, volvió a mover la palanca provocando que se cerrar la pancarta y de un agil brinco se subió al montante. Dió un chasquido y el caballo relinchando con fuerza dió media vuelta dirigiéndose de nuevo por la calle mayor hacia el exterior. El negro perro, que parecía mudo, trotó al lado del carro como si tal cosa.
La gente se quedó mirando atónita la salida del forastero hasta que, a una distancia ya grande, comenzaron a sonar murmuraciones entre ellos. El cura se prometió a sí mismo dar el próximo sermon sobre el pecado de consultar hechiceros, y el riesgo para el alma que ello implicaba. Pero eso tendría que esperar al día siguiente, y para captar a todos, al próximo domingo.
De entre la gente una muchacha morena movía nerviosa sus manos por el vestido, sus grandes ojos negros miraban absorta a la lejanía, al punto donde se había marchado aquel misterioso forastero.
Mediada la tarde, cuando las tareas del campo así lo permitían, algunas personas comenzaron a pasar por el carro del forastero. Este había sido localizado rápidamente por una pandilla de chiquillos que, exictados, habían pasado la mañana siguiendo al carro hasta descubrir donde había acampado. El hombre había desengachado al caballo del carro, y tal parecía que se hubiera instalado de manera permanente por el aire de calma que transmitía.
Hacía ya muchos años que no pasaba un hombre de las características de aquel. El pueblo sabía por experiencia que cuando pasaba uno de aquellos sujetos traía con él remedios medicinales basados en hierbas que, eficazmente, podían curar muchas dolencias que no podían ser tratadas por la rudimentaria medicina que se poseía. De ahí que la gente mayor se acercara a preguntar a ver si traía algo para sus achaques.
Los jovenes probaron su suerte en el interior del carromato, para averiguar qué les deparaba el destino. Todos ellos salían con los ojos soñadores, tal como si efectivamente por ellos mismos tuvieran un camino que realizar.
Los niños, que parecían haberse quedado con el forastero de manera permanente, continuamente le demandaban nuevas demostraciones de magia al hombre de negro. Este sonriendo iba de vez en cuando sacando monedas del aire, flores, y de vez en cuando incluso alguna golosina que regalaba ceremonialmente a los chiquillos.
Así pasó el forastero unos cuantos días, jornadas en los que al atardecer era contemplado a distancia por unos grandes ojos negros que le miraban furtivos desde la distancia de un montecillo. La muchacha, siempre con el pelo revuelto y aire de animal salvaje, gustaba de merodear por las tardes en las afueras del pueblo. Eso había provocado que desde siempre se la asociara con las cabras salvajes que brincaban por las rocas del monte.
Una noche la muchacha se acercó al fuego que brillaba de noche en el campamento del forastero. El perro negro apareció ante ella y se la quedó mirando silencioso. Luego hizo un gesto con la cabeza y acompañó a la muchacha al lugar donde el hombre miraba absorto las llamas.
El forastero se marchó. Se llevó consigo, de aquel pueblo, los sueños de otra realidad que velaban en el corazón y un tesoro: la muchacha de negro pelo revuelto que por fin encontró la salida de un lugar cuya alma no quería.
Toro Alegre
Enero 28, 2008
Un día Toro Alegre se encontró en su camino con una imagen grabada en el suelo. La tierra era verde, y en ella había marcada un gra circulo con otro más pequeño como punto central. Lleno de curiosidad ante aquella extraña percepción decidió hacer noche allí, dejar por hoy la caza. Hizo el fuego y calentó su comida. De pronto, tras el ocaso, pasado el tiempo de la espera, apareció una luz poderosa que cayó sobre el centro del círculo formando una columna blanca. De ella surgió una figura humana que hizo el gesto de paz al cazador, provocando que éste se levantara y mirara maravillado.
- Soy el Mañana que viene a verte - le dijo la figura.
Hacía tiempo que el cazador había pedido una señal, y ahora la escuchaba con callada expectación.
- Bienvenida seas - exclamó Toro Alegre.
La figura sonrío y un aura de luz caleidoscópica se mostró ante los ojos del cazador. Este inclinó la cabeza con curiosidad y centró su atención en aquella luz que surgía del cuerpo. Su naturaleza era semejante al Sol.
- Eres de fuego - continuó - o mejor como el arco iris.
Al igual que el rayo cuando cae deja en la tierra el fuego buscado, así era esta situación pensó en sus adentros recordando sus leyendas. La figura volvió a sonreir y entonces comenzó a cantar. Su música hizo que el corazón del bravo cazador se enterneciera, se volviera tan blando como carne de recién nacido. El cazador escuchó embelesado la melodía, los puntos y contrapuntos, el ritmo, y todo era uno.
De súbito volvió a surgir la columna de luz sobre la figura y ésta desapareció como el relámpago.
Toro Alegre quedó un rato pestañeando. Luego comenzó a acercarse a aquél circulo y pasó largo tiempo decidiendose a entrar en el círculo, romper aquella línea establecida en la tierra. Finalmente entró, sintiendo que entraba en un espacio mágico, y se dirigió hacia el centro del círculo. Cuando llegó al centro de él surgió espontaneamente la misma canción escuchada.
Allí quedó hasta que el Sol volvió a aparecer por Oriente. El cazador había quedado absorto repitiendo una y otra vez la música que había escuchado, mirando el círculo que le rodeaba y recordando la visión experimentada. Saludó a
Comenzó a andar largo rato. De vez en cuando miraba hacia atrás y quedaba parado, como perdido en la pradera. . Su alma ya no era libre como el viento para seguir todos los caminos, sino que algo en su interior había quedado agarrado a ese círculo, como si hubiera echado raíces semejante a una planta que nunca se desplaza.
Sus marchas ya no serían tan sólo la senda de los animales, también habría una senda para dirigirse a ese círculo. Un lugar especial donde recordar aquel Mañana.
De su experiencia tan sólo una imagen y una canción. La contaba llevando a su gente a aquel especial punto donde estaba grabado el circulo. Unos le creían y otros no, a unos les gustaba la cancion y otros no. Y a todos les decía que él no podía expresar con palabras lo que vió, ni cantar aquella música tal como la escuchó.
Los que le creyeron comenzaro a cantar aquella música, y con el tiempo más músicas surgieron de la que había transmitido Toro Alegre. A éste le enterraron al lado del círculo, y así quedó grabada en la memoria esta historia que os he contado.
Un cuento chino
Noviembre 30, 2007
-¿Dices que ha visto un dragón? - preguntó interrumpido en su estudio el venerable maestro Long Shu.
- Así se cuenta - respondió el maestro Chan.
Los dos adeptos se miraron profundamente a los ojos.
- ¿Pero él no es un hombre-dragón? - dijo Long Shu refiriéndose a la práctica avanzada de la magia.
- Es un tigre, aún desconoce la profundidad de las cosas. Sin embargo sus actitudes no desmerecen el honor que se le ha entregado - respondió Chan.
-Iremos a verle- aceptó la invitación Long Shu.
El encuentro de un humano con un dragón había ocurrido en las más apartadas zonas del lugar, en un lugar salvaje e incivilizado.
Es decir, en plena naturaleza.
Los dos maestros de magia se ataviaron para la ocasión y salieron de sus casas informándose por el cámino del lugar exacto donde había ocurrido el suceso. Finalmente llegaron a una montaña donde un joven vivía con su familia.
-Eres tú Wu Chi ?- preguntó con decoro el maestro Chan.
El joven miró a los dos magos y les reconoció por sus señales.
- Sí, soy yo. ¿A qué debo el honor de vuestra visita? - respondió con curiosidad.
- Dicen que has visto a un dragón - respondió el venerable maestro Long Shu.
El joven se les quedó mirando y se encogió de hombros. Luego señaló hacia el cielo y dijo:
- Por allí volaba .
Los dos magos se quedaron mirando muy fijamente a Wu Chi. Luego miraron hacia donde señalaba el dedo del muchacho y sonrieron.
- El Cielo guarda la Tierra - recitó uno.
- La Tierra a sus criaturas - respondio el otro.
Los dos magos hicieron una cabaña cerca de la casa del joven y su familia, y se dedicaron a mirar al cielo. Mientras más miraban más quedaban asombrados de la enormidad de luces que brillaban en él.
- ¿Crees que un hombre puede contar todas las estrellas del cielo? - le preguntó una vez Long Shu a Wu Chi.
El joven por toda respuesta tomó un puñado de arena y se lo mostró con la mano extendida.
- ¿Crees que un hombre contaría los granos de arena? - contestó.
Chan sonrió y cogiendo el puñado de arena lo sopesó.
- Por el peso puedo saber cuantos granos hay - respondio sonriente.
- ¿Pero qué hombre puede tomar en su mano el cielo estrellado? - contestó rápido Wu Chi.
Los dos magos asintieron con la cabeza y callaron.
Otro día lo abordaron cuando sacaba agua del pozo.
- ¿Sabes tú cual es el camino de este corriente del dragón? - comentó Long Shu.
El joven subió el cubo de agua y se mojó la cara. Luego sonrió.
- Lo desconozco, pero sentí que por aquí pasaba el agua y aquí hice mi pozo- contestó.
Long Shu se mesó la barba y asintió.
Finalmente un día se marcharon los magos y respetuosos fueron a darle su parecer al joven.
- Creemos que el dragón quiso conocerte, por lo que tú eres uno de nuestros miembros.
Y así le hicieron el obsequio de su clan y se marcharon rumbo a su casa.
Pasado el tiempo un tarde el maestro Chan miró la ventana de la escuela y sintió el chi de la naturaleza.
- Parece que el dragón nos visitará esta noche - comentó al venerable maestro Long Shu.
Este asíntió levemente, hacía tiempo que había sentido el cambio del chí en el jardín.
- Creo que lo mejor es que preparemos te por si viene alguna visita - sonrió el anciano levantandose para ir a la cocina.
El maestro Chan parpadeó ante aquella idea. Lo más lógico era que precisamente no apareciera nadie al fin del día, pero se abstuvo respetuosamente de hacer dicho comentario.
Ya cuando el Sol se ponía comenzaron a reunirse grandes nubes negras, que se fueron instalando en aquel lugar. El maestro Chan sonrió satisfecho por haber sentido la presencia del dragón antes de que asistiera, y esperó complacido el momento del nacimiento . Agradeció con un gesto el té que le ofreció el venerable maestro Long Shu y se dispuso a acomodarse para la velada.
- Está muy bueno - asintió aún más complacido Chan ante la caliente bebida.
Long Shu asintió mirando fijamente a un punto. A lo lejos aparecía la figura de un hombre que se dirigía con agilidad y ánimo en dirección a la escuela.
- No parece tener miedo a lo que se avecina - comentó Chan al mirar a su vez.
Long Shu sonrió y lanzó su sentido hacía el chi del visitante. Al presentirlo su sonrisa se hizo una carcajada. Al instante el rayo apareció y un trueno retumbó en el cielo. El agua comenzó a llover con fuerza y entusiasmo.
Wu Chi se acercó hasta el portal de la casa y saludó con gracia a los dos maestro de la escuela.
- Vengo a aprender - dijo respetuosamente.
Los dos sabios se miraron mutuamente, emocionados ante aquella visita.
- En verdad que resultas ser un amado del Dragón - comentó uno de ellos agradecido.
Long Shu se levantó y saliendo del portal se mojó junto al muchacho. Miró hacia el cielo feliz,dejando que el agua corriera por su cara.
- Hacía tiempo que te esperaba - dijo y haciendo un gesto le invitó a entrar en la escuela.
¿Cual crees que es la naturaleza del dragón? - le preguntó Chan en una de las lecciones.
Wu Chi hizo el gesto del dragón volando, simbolizando con ello la energía ondulante. Chan asintió y volvió a preguntar.
- Me hablas del chí, yo te pregunto por su idiosincrasia particular .
El joven discípulo parpadeó un momento sorprendido por la pregunta y quedó callado un largo instante.
- La suya propia - contestó finalmente.
Chan estalló en una carcajada.
Long Shu paseaba por el jardín de la escuela, contemplaba gozoso el relevo generacional que permitía que su presencia pudiera hacerse cada vez más discreta. Sentía que su chi se unía al chí de los presentes, en una comunidad inteligente de proyecto y esfuerzo, y eso le hacía rejuvenecer.
Víó a Wu Chi que salía de su clase y haciendo un ligero gesto le invitó a venir. El joven sonrió y se acercó al estanque donde el venerable maestro contemplaba el juego del agua .
-¿Qué has aprendido hoy joven tigre? - le preguntó cortés.
Wu Chi se rascó un momento la cabeza e hizo un simpático encogimiento de hombros.
- Me he olvidado - contestó.
Long Shu asintió suavemente y miró el reflejo del joven en el agua.
- ¿Acaso el dragón no es sabio por naturaleza? - interrumpió su contemplación el joven.
El venerable maestro parpadeó y miró a los ojos de Wu Chi.
- ¿Acaso no es el tiempo natural? ¿No forma a todas las criaturas vivientes haciendo de su impulso original la realización de su ser en su discurrir?
- ¿Acaso no soy yo ahora? - le contestó Wu Chi.
- ¿Acaso no eres el que serás?
Pasados los años Wu Chi consiguió el honor de maestro y marchó de la escuela rumbo a su lugar natal.
Allí se casó, tuvo hijos y vivió. La gente del lugar pudo así tener su propia escuela.
¿No es acaso esto natural?
En los ojos de Wu Chi siempre habitó el destello producido por el viaje del dragón en la noche de infinitas estrellas .
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