El patito feo

Enero 18, 2009

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¡Qué lindos eran los días de verano! ¡Qué agradable resultaba pasear por el campo y ver el trigo amarillo, la verde avena y las parvas de heno apilado en las llanuras! Sobre sus largas patas rojas iba la cigüeña junto a algunos flamencos, que se paraban un rato sobre cada pata. Sí, era realmente encantador estar en el campo.

Bañada de sol se alzaba allí una vieja mansión solariega a la que rodeaba un profundo foso; desde sus paredes hasta el borde del agua crecían unas plantas de hojas gigantescas, las mayores de las cuales eran lo suficientemente grandes para que un niño pequeño pudiese pararse debajo de ellas. Aquel lugar resultaba tan enmarañado y agreste como el más denso de los bosques, y era allí donde cierta pata había hecho su nido. Ya era tiempo de sobra para que naciesen los patitos, pero se demoraban tanto, que la mamá comenzaba a perder la paciencia, pues casi nadie venía a visitarla.

Al fin los huevos se abrieron uno tras otro. “¡Pip, pip!”, decían los patitos conforme iban asomando sus cabezas a través del cascarón.

-¡Cuac, cuac! -dijo la mamá pata, y todos los patitos se apresuraron a salir tan rápido como pudieron, dedicándose enseguida a escudriñar entre las verdes hojas. La mamá los dejó hacer, pues el verde es muy bueno para los ojos.

-¡Oh, qué grande es el mundo! -dijeron los patitos. Y ciertamente disponían de un espacio mayor que el que tenían dentro del huevo.

-¿Creen acaso que esto es el mundo entero? -preguntó la pata-. Pues sepan que se extiende mucho más allá del jardín, hasta el prado mismo del pastor, aunque yo nunca me he alejado tanto. Bueno, espero que ya estén todos -agregó, levantándose del nido-. ¡Ah, pero si todavía falta el más grande! ¿Cuánto tardará aún? No puedo entretenerme con él mucho tiempo.

Y fue a sentarse de nuevo en su sitio.

-¡Vaya, vaya! ¿Cómo anda eso? -preguntó una pata vieja que venía de visita.

-Ya no queda más que este huevo, pero tarda tanto… -dijo la pata echada-. No hay forma de que rompa. Pero fíjate en los otros, y dime si no son los patitos más lindos que se hayan visto nunca. Todos se parecen a su padre, el muy bandido. ¿Por qué no vendrá a verme?

-Déjame echar un vistazo a ese huevo que no acaba de romper -dijo la anciana-. Te apuesto a que es un huevo de pava. Así fue como me engatusaron cierta vez a mí. ¡El trabajo que me dieron aquellos pavitos! ¡Imagínate! Le tenían miedo al agua y no había forma de hacerlos entrar en ella. Yo graznaba y los picoteaba, pero de nada me servía… Pero, vamos a ver ese huevo…

-Creo que me quedaré sobre él un ratito aún -dijo la pata-. He estado tanto tiempo aquí sentada, que un poco más no me hará daño.

-Como quieras -dijo la pata vieja, y se alejó contoneándose.

Por fin se rompió el huevo. “¡Pip, pip!”, dijo el pequeño, volcándose del cascarón. La pata vio lo grande y feo que era, y exclamó:

-¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros. Y, sin embargo, me atrevo a asegurar que no es ningún crío de pavos.

Al otro día hizo un tiempo maravilloso. El sol resplandecía en las verdes hojas gigantescas. La mamá pata se acercó al foso con toda su familia y, ¡plaf!, saltó al agua.

-¡Cuac, cuac! -llamaba. Y uno tras otro los patitos se fueron abalanzando tras ella. El agua se cerraba sobre sus cabezas, pero enseguida resurgían flotando magníficamente. Movíanse sus patas sin el menor esfuerzo, y a poco estuvieron todos en el agua. Hasta el patito feo y gris nadaba con los otros.

-No es un pavo, por cierto -dijo la pata-. Fíjense en la elegancia con que nada, y en lo derecho que se mantiene. Sin duda que es uno de mis pequeñitos. Y si uno lo mira bien, se da cuenta enseguida de que es realmente muy guapo. ¡Cuac, cuac! Vamos, vengan conmigo y déjenme enseñarles el mundo y presentarlos al corral entero. Pero no se separen mucho de mí, no sea que los pisoteen. Y anden con los ojos muy abiertos, por si viene el gato.

Y con esto se encaminaron al corral. Había allí un escándalo espantoso, pues dos familias se estaban peleando por una cabeza de anguila, que, a fin de cuentas, fue a parar al estómago del gato.

-¡Vean! ¡Así anda el mundo! -dijo la mamá relamiéndose el pico, pues también a ella la entusiasmaban las cabezas de anguila-. ¡A ver! ¿Qué pasa con esas piernas? Anden ligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa anciana pata que está allí. Es la más fina de todos nosotros. Tiene en las venas sangre española; por eso es tan regordeta. Fíjense, además, en que lleva una cinta roja atada a una pierna: es la más alta distinción que se puede alcanzar. Es tanto como decir que nadie piensa en deshacerse de ella, y que deben respetarla todos, los animales y los hombres. ¡Anímense y no metan los dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacan hacia afuera, como mamá y papá… Eso es. Ahora hagan una reverencia y digan ¡cuac!

Todos obedecieron, pero los otros patos que estaban allí los miraron con desprecio y exclamaron en alta voz:

-¡Vaya! ¡Como si ya no fuésemos bastantes! Ahora tendremos que rozarnos también con esa gentuza. ¡Uf!… ¡Qué patito tan feo! No podemos soportarlo.

Y uno de los patos salió enseguida corriendo y le dio un picotazo en el cuello.

-¡Déjenlo tranquilo! -dijo la mamá-. No le está haciendo daño a nadie.

-Sí, pero es tan desgarbado y extraño -dijo el que lo había picoteado-, que no quedará más remedio que despachurrarlo.

-¡Qué lindos niños tienes, muchacha! -dijo la vieja pata de la cinta roja-. Todos son muy hermosos, excepto uno, al que le noto algo raro. Me gustaría que pudieras hacerlo de nuevo.

-Eso ni pensarlo, señora -dijo la mamá de los patitos-. No es hermoso, pero tiene muy buen carácter y nada tan bien como los otros, y me atrevería a decir que hasta un poco mejor. Espero que tome mejor aspecto cuando crezca y que, con el tiempo, no se le vea tan grande. Estuvo dentro del cascarón más de lo necesario, por eso no salió tan bello como los otros.

Y con el pico le acarició el cuello y le alisó las plumas.

-De todos modos, es macho y no importa tanto -añadió-, Estoy segura de que será muy fuerte y se abrirá camino en la vida.

-Estos otros patitos son encantadores -dijo la vieja pata-. Quiero que se sientan como en su casa. Y si por casualidad encuentran algo así como una cabeza de anguila, pueden traérmela sin pena.

Con esta invitación todos se sintieron allí a sus anchas. Pero el pobre patito que había salido el último del cascarón, y que tan feo les parecía a todos, no recibió más que picotazos, empujones y burlas, lo mismo de los patos que de las gallinas.

-¡Qué feo es! -decían.

Y el pavo, que había nacido con las espuelas puestas y que se consideraba por ello casi un emperador, infló sus plumas como un barco a toda vela y se le fue encima con un cacareo, tan estrepitoso que toda la cara se le puso roja. El pobre patito no sabía dónde meterse. Sentíase terriblemente abatido, por ser tan feo y porque todo el mundo se burlaba de él en el corral.

Así pasó el primer día. En los días siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El pobre patito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban de vez en cuando y le decían:

-¡Ojalá te agarre el gato, grandulón!

Hasta su misma mamá deseaba que estuviese lejos del corral. Los patos lo pellizcaban, las gallinas lo picoteaban y, un día, la muchacha que traía la comida a las aves le asestó un puntapié.

Entonces el patito huyó del corral. De un revuelo saltó por encima de la cerca, con gran susto de los pajaritos que estaban en los arbustos, que se echaron a volar por los aires.

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“¡Es porque soy tan feo!” pensó el patito, cerrando los ojos. Pero así y todo siguió corriendo hasta que, por fin, llegó a los grandes pantanos donde viven los patos salvajes, y allí se pasó toda la noche abrumado de cansancio y tristeza.

A la mañana siguiente, los patos salvajes remontaron el vuelo y miraron a su nuevo compañero.

-¿Y tú qué cosa eres? -le preguntaron, mientras el patito les hacía reverencias en todas direcciones, lo mejor que sabía.

-¡Eres más feo que un espantapájaros! -dijeron los patos salvajes-. Pero eso no importa, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas.

¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo dejasen estar tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano.

Unos días más tarde aparecieron por allí dos gansos salvajes. No hacía mucho que habían dejado el nido: por eso eran tan impertinentes.

-Mira, muchacho -comenzaron diciéndole-, eres tan feo que nos caes simpático. ¿Quieres emigrar con nosotros? No muy lejos, en otro pantano, viven unas gansitas salvajes muy presentables, todas solteras, que saben graznar espléndidamente. Es la oportunidad de tu vida, feo y todo como eres.

-¡Bang, bang! -se escuchó en ese instante por encima de ellos, y los dos gansos cayeron muertos entre los juncos, tiñendo el agua con su sangre. Al eco de nuevos disparos se alzaron del pantano las bandadas de gansos salvajes, con lo que menudearon los tiros. Se había organizado una importante cacería y los tiradores rodeaban los pantanos; algunos hasta se habían sentado en las ramas de los árboles que se extendían sobre los juncos. Nubes de humo azul se esparcieron por el oscuro boscaje, y fueron a perderse lejos, sobre el agua.

Los perros de caza aparecieron chapaleando entre el agua, y, a su avance, doblándose aquí y allá las cañas y los juncos. Aquello aterrorizó al pobre patito feo, que ya se disponía a ocultar la cabeza bajo el ala cuando apareció junto a él un enorme y espantoso perro: la lengua le colgaba fuera de la boca y sus ojos miraban con brillo temible. Le acercó el hocico, le enseñó sus agudos dientes, y de pronto… ¡plaf!… ¡allá se fue otra vez sin tocarlo!

El patito dio un suspiro de alivio.

-Por suerte soy tan feo que ni los perros tienen ganas de comerme -se dijo. Y se tendió allí muy quieto, mientras los perdigones repiqueteaban sobre los juncos, y las descargas, una tras otra, atronaban los aires.

Era muy tarde cuando las cosas se calmaron, y aún entonces el pobre no se atrevía a levantarse. Esperó todavía varias horas antes de arriesgarse a echar un vistazo, y, en cuanto lo hizo, enseguida se escapó de los pantanos tan rápido como pudo. Echó a correr por campos y praderas; pero hacía tanto viento, que le costaba no poco trabajo mantenerse sobre sus pies.

Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. Se sentía en tan mal estado que no sabía de qué parte caerse, y, en la duda, permanecía de pie. El viento soplaba tan ferozmente alrededor del patito que éste tuvo que sentarse sobre su propia cola, para no ser arrastrado. En eso notó que una de las bisagras de la puerta se había caído, y que la hoja colgaba con una inclinación tal que le sería fácil filtrarse por la estrecha abertura. Y así lo hizo.

En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. El gato, a quien la anciana llamaba “Hijito”, sabía arquear el lomo y ronronear; hasta era capaz de echar chispas si lo frotaban a contrapelo. La gallina tenía unas patas tan cortas que le habían puesto por nombre “Chiquitita Piernascortas”. Era una gran ponedora y la anciana la quería como a su propia hija.

Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito. El gato lo saludó ronroneando y la gallina con su cacareo.

-Pero, ¿qué pasa? -preguntó la vieja, mirando a su alrededor. No andaba muy bien de la vista, así que se creyó que el patito feo era una pata regordeta que se había perdido-. ¡Qué suerte! -dijo-. Ahora tendremos huevos de pata. ¡Con tal que no sea macho! Le daremos unos días de prueba.

Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales, por supuesto, no había ni rastros de huevo. Ahora bien, en aquella casa el gato era el dueño y la gallina la dueña, y siempre que hablaban de sí mismos solían decir: “nosotros y el mundo”, porque opinaban que ellos solos formaban la mitad del mundo , y lo que es más, la mitad más importante. Al patito le parecía que sobre esto podía haber otras opiniones, pero la gallina ni siquiera quiso oírlo.

-¿Puedes poner huevos? -le preguntó.

-No.

-Pues entonces, ¡cállate!

Y el gato le preguntó:

-¿Puedes arquear el lomo, o ronronear, o echar chispas?

-No.

-Pues entonces, guárdate tus opiniones cuando hablan las personas sensatas.

Con lo que el patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Pero de pronto recordó el aire fresco y el sol, y sintió una nostalgia tan grande de irse a nadar en el agua que -¡no pudo evitarlo!- fue y se lo contó a la gallina.

-¡Vamos! ¿Qué te pasa? -le dijo ella-. Bien se ve que no tienes nada que hacer; por eso piensas tantas tonterías. Te las sacudirías muy pronto si te dedicaras a poner huevos o a ronronear.

-¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! -dijo el patito feo-. ¡Tan sabroso zambullir la cabeza y bucear hasta el mismo fondo!

-Sí, muy agradable -dijo la gallina-. Me parece que te has vuelto loco. Pregúntale al gato, ¡no hay nadie tan listo como él! ¡Pregúntale a nuestra vieja ama, la mujer más sabia del mundo! ¿Crees que a ella le gusta nadar y zambullirse?

-No me comprendes -dijo el patito.

-Pues si yo no te comprendo, me gustaría saber quién podrá comprenderte. De seguro que no pretenderás ser más sabio que el gato y la señora, para no mencionarme a mí misma. ¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un cuarto cálido y confortable, donde te hacen compañía quienes pueden enseñarte? Pero no eres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí. Te doy mi palabra de que si te digo cosas desagradables es por tu propio bien: sólo los buenos amigos nos dicen las verdades. Haz ahora tu parte y aprende a poner huevos o a ronronear y echar chispas.

-Creo que me voy a recorrer el ancho mundo -dijo el patito.

-Sí, vete -dijo la gallina.

Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser viviente quería tratarse con él por lo feo que era.

Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el viento las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío. Las nubes colgaban bajas, cargadas de granizo y nieve, y el cuervo, que solía posarse en la tapia, graznaba “¡cau, cau!”, de frío que tenía. Sólo de pensarlo le daban a uno escalofríos. Sí, el pobre patito feo no lo estaba pasando muy bien.

Cierta tarde, mientras el sol se ponía en un maravilloso crepúsculo, emergió de entre los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito no había visto nunca unos animales tan espléndidos. Eran de una blancura resplandeciente, y tenían largos y esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que lanzaban un fantástico grito, extendieron sus largas, sus magníficas alas, y remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacia los lagos abiertos y las tierras cálidas.

Se elevaron muy alto, muy alto, allá entre los aires, y el patito feo se sintió lleno de una rara inquietud. Comenzó a dar vueltas y vueltas en el agua lo mismo que una rueda, estirando el cuello en la dirección que seguían, que él mismo se asustó al oírlo. ¡Ah, jamás podría olvidar aquellos hermosos y afortunados pájaros! En cuanto los perdió de vista, se sumergió derecho hasta el fondo, y se hallaba como fuera de sí cuando regresó a la superficie. No tenía idea de cuál podría ser el nombre de aquellas aves, ni de adónde se dirigían, y, sin embargo, eran más importantes para él que todas las que había conocido hasta entonces. No las envidiaba en modo alguno: ¿cómo se atrevería siquiera a soñar que aquel esplendor pudiera pertenecerle? Ya se daría por satisfecho con que los patos lo tolerasen, ¡pobre criatura estrafalaria que era!

¡Cuán frío se presentaba aquel invierno! El patito se veía forzado a nadar incesantemente para impedir que el agua se congelase en torno suyo. Pero cada noche el hueco en que nadaba se hacía más y más pequeño. Vino luego una helada tan fuerte, que el patito, para que el agua no se cerrase definitivamente, ya tenía que mover las patas todo el tiempo en el hielo crujiente. Por fin, debilitado por el esfuerzo, quedose muy quieto y comenzó a congelarse rápidamente sobre el hielo.

A la mañana siguiente, muy temprano, lo encontró un campesino. Rompió el hielo con uno de sus zuecos de madera, lo recogió y lo llevó a casa, donde su mujer se encargó de revivirlo.

Los niños querían jugar con él, pero el patito feo tenía terror de sus travesuras y, con el miedo, fue a meterse revoloteando en la paila de la leche, que se derramó por todo el piso. Gritó la mujer y dio unas palmadas en el aire, y él, más asustado, metiose de un vuelo en el barril de la mantequilla, y desde allí lanzose de cabeza al cajón de la harina, de donde salió hecho una lástima. ¡Había que verlo! Chillaba la mujer y quería darle con la escoba, y los niños tropezaban unos con otros tratando de echarle mano. ¡Cómo gritaban y se reían! Fue una suerte que la puerta estuviese abierta. El patito se precipitó afuera, entre los arbustos, y se hundió, atolondrado, entre la nieve recién caída.

Pero sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvo que pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio entre los juncos cuando las alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de nuevo: llegaba la hermosa primavera.

Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerte que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Casi sin darse cuenta, se halló en un vasto jardín con manzanos en flor y fragantes lilas, que colgaban de las verdes ramas sobre un sinuoso arroyo. ¡Oh, qué agradable era estar allí, en la frescura de la primavera! Y en eso surgieron frente a él de la espesura tres hermosos cisnes blancos, rizando sus plumas y dejándose llevar con suavidad por la corriente. El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía.

-¡Volaré hasta esas regias aves! -se dijo-. Me darán de picotazos hasta matarme, por haberme atrevido, feo como soy, a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejor es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas, los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno.

Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas.

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-¡Sí, mátenme, mátenme! -gritó la desventurada criatura, inclinando la cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí en la límpida corriente? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!

Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos y desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que le esperaban. Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos.

En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan y semillas. El más pequeño exclamó:

-¡Ahí va un nuevo cisne!

Y los otros niños corearon con gritos de alegría:

-¡Sí, hay un cisne nuevo!

Y batieron palmas y bailaron, y corrieron a buscar a sus padres. Había pedacitos de pan y de pasteles en el agua, y todo el mundo decía:

-¡El nuevo es el más hermoso! ¡Qué joven y esbelto es!

Y los cisnes viejos se inclinaron ante él. Esto lo llenó de timidez, y escondió la cabeza bajo el ala, sin que supiese explicarse la razón. Era muy, pero muy feliz, aunque no había en él ni una pizca de orgullo, pues este no cabe en los corazones bondadosos. Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía cómo todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes. Las lilas inclinaron sus ramas ante él, bajándolas hasta el agua misma, y los rayos del sol eran cálidos y amables. Rizó entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón:

-Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era sólo un patito feo.

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Hans Christian Andersen

( 1805 - 1875)

El Cenáculo

Enero 14, 2009

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-¿Brujería?…- murmuró Alberto con estupefacción.

 

Meneó la cabeza y volvió a ojear el nuevo texto que acababa de ser publicado. Como todos los jueves el respetado profesor de antropología de una de las universidades màs prestigiosas del país participaba de un encuentro informal junto a otros estudiosos. Había aprovechado la oportunidad para regalar ceremonialmente su nuevo libro titulado “El Ayer, el Hoy y el Mañana de las religiones”.

 

-No veo por qué pones esa cara Alberto - replicó Jon Txirube -. De hecho supongo que si en otros tiempos la religión dominante había perseguido y condenado los practicantes de ese término…

 

- Por favor Jon, qué tonterias dices - continuó Alberto ligeramente molesto porque le robara aquel tema el protagonismo de la velada.

 

- Lo que quiere decir Alberto - medió Paco Ritrueba - es que nombrar un conjunto de supersticiones como religión es algo inadmisible.

 

- Pero entonces…¿por qué tanta insistencia en su persecución, por qué tanto renombre sea bueno o malo en la historia? - terció Jon.

 

- La bruja pirula, el hombre-lobo, y el vampiro matacañas - saltó María Peñas, una de las más distinguidas neurólogas del momento.

 

Alberto sonrió complacido y miró burlón a Jon.

 

- Parece mentira Jon que en estos tiempos, ahora que ya sabemos el sentido de el pasado, que tenemos una clara visión de lo que ocurrió en la historia de este país…

 

- Sí, que la brujería en sí misma no existía, que tan sólo era el medio expiatorio de una religión estatal para mantener el control social …- admitió Jon mirando el libro de Alberto.

 

- O los discursos esotéricos, el ocultismo, todo eso formaría parte de ahora de esa población que apunto aquí como grupo religioso - aceptó Alberto

 

- No -replicó confuso Jon -, lo que quiero decir es que en la fantasía popular aún así ha quedado la sensación de la existencia de lo mágico, de lo inaudito, de algo que va más allá de lo conocido.

 

Se produjo un corto silencio mientras los reunidos se dedicaban cada uno a su plato. Jon quedó absorto jugando con las patatas que tenía en el plato. Alberto le miró fijamente y pensó que no era posible acaparar para él sólo la reunión y trató de buscar una salida decorosa a aquella interrupción en su presentación informal del libro.

 

- Cada uno busca la salida a la angustia como puede supongo - concluyó con voz rotunda y viril. Si había algo que le enojara era comenzar a pensar en tonterías paranormales u ocultistas como medio de esconder el tedio cotidiano.

 

- Es que Jon ha visto un ovni y por eso se encuentra rarillo - dijo Paco mientras se zampaba un solomillo a las finas hierbas.

 

- No…, ha sido que ha llamado al vidente y le ha transtornado las neuronas - respondió María.

 

- Por cierto, estaría bien hacer un estudio sociológico de la gente que llama a las brujas y videntes, seguro que nos indicaría algún dato interesante - afirmó Alberto.

 

Jon meneó la cabeza disgustado.

 

- No entiendo porqué no tomais lo que he dicho en serio. El hecho de que existieran tantas leyendas, tantas tradiciones sobre el tema debería hacernos reflexionar sobre la posibilidad de algo objetivo.

 

- Además…¿qué es lo mágico?. ¿Pedir a una bruja que me lea las cartas, que me haga un “trabajo” para el dinero o el amor? - continuó el hilo de sus pensamientos María.

 

- El tema religioso implica fe en la existencia de una entidad objetiva, superior al hombre y cuyo favor busca - masculló Paco levantando la cabeza del plato.

 

- No reduzcamos el hecho del “homo religiosus” a una cosa tan trivial, por favor Paco - respondió un tanto mosqueado Alberto.

 

La costumbre de Paco, físico de partículas, era trivializar todo aquello que escapara de su propia disciplina. Como practicante de una “ciencia dura”, todo aquello que escapaba del discurso científico le parecía sin importancia alguna.

 

- De hecho pienso que no se trataría de analizar la verdad de lo religión, sino el efecto real que produce en el ser humano tanto a nivel individual como colectivo - remachó Alberto con seguridad.

 

- Lo que quieres decir es que poco importa el contenido del discurso religioso, sino el hecho de que la humanidad siempre ha estado inmersa en dicho discurso - contestó Jon.

 

- Y la ciencia en sus efectos pragmáticos de adopción de un credo sería también una religión - respondió Alberto mirando con picardía a Paco.

 

- Así que el único agnóstico eres tú Alberto - dijo Jon.

 

Alberto se encogió de hombros. En sí mismo el hecho de haber podido analizar las religiones tanto del pasado como actuales, de haber encontrado un discurso común en ellas siguiendo el método estructuralista, le daba la sensación de que estaba por encima de cualquiera de ellas.

 

- Pero el hecho es que no has analizado con suficiente profundidad el asunto de la brujería - volvió de nuevo Jon al ataque.

 

- ¿Cómo iba a estudiar como fenómeno religioso ese tema?

 

- ¿ Y por qué no? - remachó Jon

 

- Porque carece de los suficientes elementos como para poder integrarlo en un análisis de contenido , le faltan criterios y categorías para poder ser definido como religión.

 

- Entonces será magia, lo que sea…- soltó Jon.

 

- Supongo, también podría hablarse de restos de una religión animista y una filosofía antigua - replicó con aire de entendido.

 

De hecho el experto en religiones era él, era su disciplina y no pensaba reducir el campo de su importancia y valía personal ante aquella actitud maleducada de Jon.

 

- ¡ Cosas de gente superstiosa, de las capas más incultas de la poblacion! - casi gritó Jon.

 

- Así es, además carece de importancia para el estudio de la historia y las influencias de las creencias en la sociedad.

 

- Antes moría gente por eso Alberto, y muchos cuentos se nutren de las figuras mágicas - comentó María.

 

Alberto asintió levemente.

 

- Quizás sí tenga que llamar a alguna bruja para que me diga cómo será mi destino - dijo mirándola con todo el aire de seductor posible.

 

Ella sonrió y tomó de su copa de vino comenzando a prepararse para una serie de frases de cortejo a las que era tan dispuesto el solterón de Alberto.

 

- ¿ Tú crees que existe alguna zona cerebral donde exista eso de lo mágico? - interrumpió Jon.

 

La pregunta iba dirigida a la neuróloga en la mesa.

 

- ¿Cómo?…- salió María de su aire seductor cuando se dió cuenta de que todos la miraban.

 

- Si crees que al igual que todas las facultades estan en diversas zonas cerebrales, si podrías hallar la zona relacionada con lo mágico.

 

- ¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de lo mágico? ¿De lo paranormal?- dijo Paco sintiendo que entraban en la zona oscura de la física, de ese tema llamado “lo paranormal” que tan inquieto le dejaba a veces. Era su afición secreta, lo que nadie sabía de él.

 

- No hablo de lo paranormal sólo desde el punto de la vista de la parapsicología, o de los estudiosos de acontecimientos extraños a nuestra razón - trató de explicarse Jon.

 

- El poder brujo, tener poderes…- murmuró Alberto pensando en las filosofías orientales y en especial en el chamanismo.

 

- Pues no sé…¿dónde se encuentra el amor? - respondió María.

 

Todos sonrieron, aquella frase soltada por una mujer quedaba entre el resto de varones como una llamada al romanticismo.

 

- Supongo que así como habrá religión mañana, dado que siempre ha existido…lo mismo debe pasar con este tema.- concluyó Alberto.

 

Pasaron a los postres y luego a las copas. La conversación derivó a tratar el tema de las nueva drogas de diseño, algo que estaba muy de moda en la ciudad.

 

- Desde luego aquí eres tú María la experta - aduló Alberto cuando ella les comentó la existencia de un nuevo derivado alucinógeno encontrado en el consumo juvenil.

 

- Las brujas decían que eran muy dadas a consumir alucinógenos - comentó Jon.

 

Los amigos miraron a Jon con extrañeza por su insistencia en tocar aquel tema.

 

- Sí…, solanáceas, cannabis, e incluso setas …- asintió María.

 

- Los hongos mágicos de los indios - intervino Alberto para demostrar ante todos que no se le escapaba el tema.

 

- Alucinar la realidad…de eso sí que sabe Jon - dijo Paco medio riendo.

 

La broma consistía en que Jon era psíquiatra.

 

- ¿Lo dices con segundas? - soltó mosqueado Jon.

 

Paco se encogió ligeramente y sonrió con suavidad.

 

- No, lo decía porque el tema de las alucinaciones producidas por drogas o por otras causas…

 

- ¿Por estar loco por ejemplo?- masculló Jon tomandose la copa de brandy de un golpe.

 

- Dejemos al loquero tranquilo, que hoy no está de humor - dijo Alberto juzgándole implicitamente. Aquello de insistir en la brujería e interrumpir su discurso le había enojado.

 

- Las alucinaciones de las psicosis son debidas a las mismas sustancias químicas , de ahí que a veces hablemos de que la ingestión de drogas lo que produce son “psicosis transitorias” - estableció pontifical María.

 

- Pero también usais drogas para eliminar esas alucinaciones - dijo Paco.

 

- Sí, pero eso son medicamentos. No podemos decir lo mismo de los productos que ofrecen en el mercado negro.

 

Se produjo un silencio en el grupo.

 

- De hecho el LSD se utilizó en investigaciones de psicoterapia y tenía un alcance de índice de curáción muy notable – rompió el silencio la neuróloga.

 

- Como la medícina indígena, el chamanismo - dijo Alberto.

 

- Pues como las brujas entonces, con sus pócimas para el amor, el dolor, la pena…- respondió Jon.

 

- Esas brujas ya no existen, y supongo que el consumo de drogas es algo consustancial con el ser humano – replicó Alberto impaciente.

 

- No fumarás, no beberás…- comenzó Paco con los mandamientos del hombre civilizado.

 

- Existían en la antigüedad religiones cuyo sacramento era un embriagante, y todavían quedan algunas culturas indígenas que las practican - continuó Alberto.

 

- Pues quizás la brujería era eso, y fue exterminada por una religión contraria - replicó Jon.

 

Alberto se le quedó mirando fijamente. Aquel dato le había gustado, era como si viera una nueva línea de investigación.

 

- Quizás tengas razón…quizás estudie las religiones ignoradas - dijo pensando ya en el título de su próxima obra.

 

- O sea que es una religión la brujería - sentenció Jon.

 

- Pues sí…, es posible - aceptó Alberto.

 

- Entonces como cada uno es libre de escoger su religión, creo que voy a hacerme creyente de la brujería.

 

- Ya sabeis que yo de religiones no hablo, sólo de ciencia y si acaso de filosofía - intervino Paco.

 

- Pues cuando sepa el arte y ciencia de la brujería te comentaré - le respondió Jon con ironía.

 

Acabaron las copas y decidieron salir de restaurante. Ahora era el momento de elegir si continuar la noche o despedirse. Se produjo un tenso nerviosismo en el grupo ante aquella disyuntiva.

 

- Bueno…¿qué hacemos? - estalló por fin Jon.

 

- Yo me voy a casa - dijo María pensando en su marido y en lo que estaría pensando. Su marido no era científico, y no participaba de su interés por el tema. De ahí que participara en las tertulias.

 

- Tengo una cosa que quiero que probeis. Es una hierba india que he conseguido - dijo Jon con aire misterioso.

 

El grupo quedó paralizado. De pronto Jon parecía alguna especie de doctor loco que estaba dispuesto a utilizar a sus amigos como cobayas de algún siniestro experimento.

 

- No…, otro día, yo me voy a casa - cortó María pensando en preguntarle qué tipo de sustancias químicas esenciales eran las causantes del “efecto mágico”.

 

- Yo paso, ya tengo bastante con todo lo que he bebido - dijo Paco pensando en lo dificil que era entender la física de las cosas como para embarcarse en extraños viajes alucinatorios.

 

- ¿ Y tú Alberto? - le miró Jon.

 

Alberto sintió cómo el significado de toda la cena se concentraba en aquel momento, era como un punto desde donde tenía que escoger. Miró a María y a a Paco y sonrió con suficiencia.

 

- Me voy con Jon a ver que me explique eso de la brujería.

 

Rieron con nerviosismo e hicieron los ritos de despedida de rigor. Tras ver marchar a sus amigos Alberto se encaró con Jon.

 

- Bueno, ahora podrás decirme qué perra te ha cogido esta noche - dijo con aire de dominar la situación.

 

Jon meneó la cabeza y sonrió.

 

- Nada…, quizás es que fumé esa hierba y pensé cosas bajo su efecto que nunca debería haber pensado.

 

- ¿Qué cosas? - inquirió Alberto con cierta desgana.

 

- Cosas…, sólo eso - se encerró Jon meneando la cabeza.

 

- Ya - respondió Alberto con aire satisfecho -. Y querías que la probáramos para que pensaramos esas cosas y no te sintieras tan sólo en ello…

 

Jon miró pesaroso sus pies.

 

- Sí, es posible. Quizás la fantasía me haya tragado, y ahora no sepa distinguir exactamente cual es el territorio de la razón.

 

- Distinguir el delirio de la realidad es un tema que no puede comprenderse desde el estudio de la religión. Es tan extraño todo lo que ha creído el hombre - trató Alberto de calmar a su amigo sin por ello no presumir de su último libro.

 

- No sé - murmuró confundido Jon.

 

- Lo que no entiendo es esa actitud, un hombre como tú, con el reconocimiento que tienes como profesional…, para qué enredarte con los pensamientos surgidos de una droga. Es como si fueramos ahora a una discoteca con los muchachos y nos colocaramos de alucinógenos.

 

- No debería hacer caso, lo sé…pero es que las cosas que pensé son …

 

- Propias de una mentalidad mágica, lo sé - se introdujo Alberto en el territorio de Jon.

 

- Cosas de otra época, atavismos, restos de un tiempo desaparecido- respondió Jon entrando en el de Alberto.

 

- Cierto, lo que fue ya no será, y adonde vamos nadie lo sabrá.

 

- Quizás lo que fue es, y por eso será - replicó Jon.

 

Se quedaron ambos con las manos en los bolsillos y con los hombros encogidos. La noche parecía que iba a terminar.

 

- Bueno, lo dejaremos para otro día - dijo Jon.

 

- Sí, es lo mejor. Además…¿para qué ibamos a fumar esa hierba? ¿Para encontrar nuestras propias sombras? ¿Para iluminarnos?. Mañana tengo que hacer la presentación oficial del libro y tengo que preparar el discurso.

 

- El discurso que querías darnos hoy - sonrió Jon.

 

- Sí - sonrió a su vez Alberto aceptando su pretensión -. Por cierto, si quieres pasarte por allí habrá luego un coctel donde tiene previsto asistir el doctor Rodriguez de la Mata.

 

- ¿De la Mata? - abrió los ojos Jon pensando en la oportunidad de hablar con el director del Instituto Nacional de Salud Mental.

 

- Sí…- sonrió pícaro Alberto.

 

Los dos amigos se despidieron rumbo a lo conocido.

 

 

Escritos

Una recopilación de pensamientos, citas, poemas y cuentos.

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Trilogía iniciática en la que se narran las aventuras de héroes que buscan el significado mágico de la realidad.