Significado de la palabra “Kung Fu”
Febrero 27, 2008
“Todo esta en la caligrafía, las raíces y las intensiones de toda nuestra cultura esta en la caligrafía, primero tomemos el ideograma de Kung, este se empieza a escribir por la izquierda y el primer caracter simboliza en su parte alta con una pequeña linea el dia cuando empieza, es decir cuando amanece, cuando todavía es pequeño, la línea hacia abajo simboliza el transcurso del día y al final encontramos la línea grande que simboliza el día que ha llegado a su fin. Después continuamos con la siguiente parte del caracter, en esta se simboliza una hoz , o una navaja , herramienta del campo, y esta se encuentra atravesada por una piedra de afilar ( una chaira ) , este conjunto de caracteres forman el ideograma de Kung que quiere decir , afilar siembre la navaja todos los días desde que amanece hasta que anochece .
Ahora veamos el ideograma de Fu, este ideograma es casi el mismo que Tien , que quiere decir cielo, el pico simula la montaña y las líneas cruzadas las nubes y el cielo, si ustedes observan el ideograma de Fu se diferencia del de tien por un pequeño pico que sobrepasa el cielo, por lo que los ideogramas de Kung Fu unidos a la vez expresan: afilar todos los días la navaja, desde que amanece hasta que anochece para sobrepasar el cielo”
Shi Yan Ming. Maestro Shaolin
El maestro de Kung Fu
Febrero 25, 2008
Un cuerpo viejo pero trabajado para la pelea
madruga y danza
frente a los arenales de Barranco
Se mueve como dibujando
una rúbrica antigua, con esa gracia, y
sin embargo, está hiriendo, buscando el punto
de muerte
de su enemigo, el aire no, un invisible
de mil años.
Su enemigo ataca con movimientos de animales
agresivos
y el maestro los replica
en su carne: tigre, águila o serpiente van sucediéndose
en la infinita coreografía
de evitamientos y desplantes.
Ninguno vence nunca, ni él ni él,
y mañana volverán a enfrentarse.
-Usted ha supuesto que yo creo a mi adversario
cuando danzo- me dice el maestro.
Y niega, muy chino, y sólo dice: él me hace danzar a mí.
José Watanabe Varas. Poeta (1945-2007).
Ruego de Juvenal: mens sana in corpore sano.
Febrero 20, 2008
Nil ergo optabunt homines? Si consilium vis,
Permittes ipsis expendere numinibus, quid
Conveniat nobis, rebusque sit utile nostris:
Nam pro jucundis aptissima quæque dabunt di.
Carior est illis homo quam sibi. Nos animorum
Impulsu, et cæca magnaque cupidine ducti,
Conjugium petimus, partumque uxoris; at illis
Notum qui pueri, qualisque futura sit uxor.
Ut tamen et poscas aliquid voveas que sacellis
exta et candiduli divina tomacula porci,
orandum est ut sit mens sana in corpore sano.
Fortem posce animum mortis terrore carentem,
qui spatium uitae extremum inter munera ponat
naturae, qui ferre queat quoscumque labores,
nesciat irasci, cupiat nihil et potiores
Herculis aerumnas credat saeuosque labores
et uenere et cenis et pluma Sardanapalli.
Monstro quod ipse tibi possis dare; semita certe
tranquillae per uirtutem patet unica uitae.
Nullum numen habes, si sit prudentia: nos te,
nos facimus, Fortuna, deam caeloque locamus
Si quieres un consejo
deja que los dioses aprecien por sí mismos
qué sea más proporcionado
a nuestra conveniencia y a nuestra utilidad.
En lugar de cosas agradables
los dioses nos darán las más adecuadas
pues el hombre les es más querido que a sí mismo.
Dejándonos arrebatar por los impulsos de nuestro ánimo,
y guiados por nuestra ciega y desmesurada codicia,
queremos casarnos y que nuestra mujer nos dé un hijo.
Pero ellos saben cómo habrán de ser tales hijos y tal esposa.
Sin embargo, ya que has de pedir algo y ofrecer en los santuarios
las entrañas y los sagrados embutidos de un cerdito blanco,
imploremos una mente sana en un cuerpo sano.
Pide un ánimo vigoroso que ignore los terrores de la muerte
y enumere entre los dones de la naturaleza el último estadio de la vida,
que pueda sobrellevar todos los padecimientos,
no conozca la ira, nada desee,
y prefiera las aflicciones y duros trabajos de Hércules
a la lujuria, los banquetes y los cojines de Sardanápalo.
Te estoy señalando bienes que tú mismo podrías proporcionarte.
En verdad el único sendero que conduce a una vida tranquila lo abre la virtud.
Donde está presente la prudencia desaparece tu poder;
nosotros ¡oh Fortuna! nosotros te hacemos diosa y te colocamos en el cielo.
Juvenal. Poeta latino (42-120 d.C)
La cura
Febrero 17, 2008
No más locura,
no más engaño.
Me hace daño,
no ver la cura.
La experiencia,
en carne y alma.
Hallo la calma,
en esa ciencia.
Que ni tuya o mía,
somos los de Ella.
Esto es sin mella,
naturaleza bravía.
La revelación extraterrestre
Febrero 11, 2008
- Efectivamente - afirmó aquella extraña criatura delante de mí - la humanidad es un experimento genético que realizamos hace decenas de miles de años.
Aquello apaciguó por fin mi ansia de saber. No explicaré la larga busqueda que tuve que realizar para conseguir ser abducido por una nave extrarrestre. Las interminables noches en vela mirando el cielo, las arduas pesquisas para hallar los lugares más favorables para el contacto.
El hecho es que por fin mi teoría había sido demostrada. La lógica conclusión de la ciencia era que el paso del mono al hombre exigía una explicación, y ese famoso “eslabón perdido” era la intervención extraterrestre.
Satisfecha por fin mi explicación una terrible duda me asaltó. Confuso, contemplando el intricado sistema de luces de la nave, volví a preguntar.
- ¿Y ustedes de donde vienen? - pregunté.
- Nosotros fuimos a su vez un experimento genético de los Antiguos - respondió aquella criatura que procedía de miles de años-luz.
- ¿Los antiguos? - exclamé.
- Sí, ellos, igual que nosotros con vosotros, tambien intervinieron mezclando su código genetico con nuestra especie hace cientos de miles de años.
Comencé a notar que la cabeza me daba vueltas, miré mi entorno como si todo fuera una alucinación.
- ¿Y entonces ellos…de donde proceden?- musité sintiendo un cierto vertigo a la locura.
- De Dios naturalmente - inclinó la cabeza el alienígena.
El Bohemio
Febrero 4, 2008
Erase una vez, en alguno de esos pueblos perdidos de España, que sonó por la calle mayor el sonido de un carro que se iba acercando lentamente. La gente del pueblo acababa de salir de la misa del domingo, aquel rito en el que todos tratan de mostrarse lo más decente y correcto posibles. Tras la simulación los niños corrían nerviosos, y los jovenes se lanzaban miradas furtivas cargadas de un deseo imposible. Tan sólo los viejos se movían satisfechos, con esa satisfacción de saber que todo está en el orden aprobado, bajo su mando y dominio.
El cura del lugar aleccionaba a uno de sus feligreses sobre la necesidad de control conyugal cuando el sonido del carro se le hizo evidente también para él. Dirigió su mirada hacia el fondo de la calle mayor, el único camino que unía al pueblo con el exterior, y vió cómo un enorme perro negro aparecía trotando con un aire semejante a un lobo de los montes.
El sonido del carro se hizo aún mayor y el pueblo quedó parado, absorto en aquella extraña novedad. Cuando apareció el vehículo todo el mundo respingó instintivamente al contemplar su extraña imagen. Un gran caballo plateado empujaba un carro decorado con mil y un dibujos distintos. Cada uno de esos dibujos provocó un estremecimiento en la mente del cura. Esos símbolos tan sólo aparecían en los libros que cuidadosamente él guardaba sobre alquimistas y hechiceros.
Manejando el carro apareció la figura de un hombre vestido de negro, con un sombrero ancho y calado que impedía ver su rostro. El carro siguió su camino hasta llegar a la plazoleta donde estaban reunidas las personas, la plaza mayor, y sin mediar palabra detuvo el vehículo con un chasquido seco de su lengua. El caballo movió nervioso su cabeza y quedó clavado al instante.
El hombre alzó la cabeza y miró al cielo directamente, sin atender a las miradas que la gente le lanzaba. Sonrió suavemente y entonces dirigió su vista al grupo que le rodeaba.
- Buenos días - dijo con voz fuerte y clara.
La respuesta fue una mezcla de silencio y murmullo, la apariencia de aquel forastero no era grata a los ojos del pueblo. El forastero sonrió, como si ya estuviera sobre aviso de la reacción, y de un agil salto se plantó en tierra. Acto seguido se dirigió hacia uno de los laterales del carro y moviendo una palanca saltó un mecanismo que abrió una enorme pancarta en la que, entre brillantes colores y rutilantes estrellas, aparecía un nombre: Eloiso. El Hechicero.
El cura respingó al leer aquel título, y los pocos que podían leer difundieron el texto entre la multitud de analfabetos de la que constaba la población. Pronto se produjo una fuerte murmuración repleta de nerviosismo y excitación.
El forastero, sin mediar palabra, sacó una mesa y unos cuantos objetos del carro, se colocó una capa y saludó entonces con una elegante reverencia.
-Señoras y señores, les agradezco su atención. Vengo de otras tierras de las que traigo secretos maravillosos y curas extraordinarias para el bien de ustedes - recitó con voz teatral.
Sonrió y alzando una mano al publico la mostró abierta, luego la cerró y al volver a abrirla una llamarada surgió de ésta. El público lanzó un grito de admiración y pareció que diera un paso hacia atrás. Acto seguido el forastero se sacó el sombrero, lo mostró al público y finalmente sonriendo sopló suavemente en su interior.
En el acto una blanca paloma surgió del sombrero volando rauda hacia lo alto. El publico aplaudió ante aquella estampa. El forastero sonrió e inclinó la cabeza en señal de reverencia. La paloma dió unas cuantas vueltas en el aire y finalmente fue a descansar sobre un hombro del hombre. Este ladeó la cabeza y pareció que la escuchaba.
- Me dice mi amiga que entre ustedes hay personas que están deseosas de que se les adivine el porvenir, y de adquirir remedios extraordinarios para su salud. Han tenido suerte pues pienso quedarme unos días en las afueras del pueblo.
De inmediato, ante el pasmo general, el forastero colocó sus cosas en el interior del carro, volvió a mover la palanca provocando que se cerrar la pancarta y de un agil brinco se subió al montante. Dió un chasquido y el caballo relinchando con fuerza dió media vuelta dirigiéndose de nuevo por la calle mayor hacia el exterior. El negro perro, que parecía mudo, trotó al lado del carro como si tal cosa.
La gente se quedó mirando atónita la salida del forastero hasta que, a una distancia ya grande, comenzaron a sonar murmuraciones entre ellos. El cura se prometió a sí mismo dar el próximo sermon sobre el pecado de consultar hechiceros, y el riesgo para el alma que ello implicaba. Pero eso tendría que esperar al día siguiente, y para captar a todos, al próximo domingo.
De entre la gente una muchacha morena movía nerviosa sus manos por el vestido, sus grandes ojos negros miraban absorta a la lejanía, al punto donde se había marchado aquel misterioso forastero.
Mediada la tarde, cuando las tareas del campo así lo permitían, algunas personas comenzaron a pasar por el carro del forastero. Este había sido localizado rápidamente por una pandilla de chiquillos que, exictados, habían pasado la mañana siguiendo al carro hasta descubrir donde había acampado. El hombre había desengachado al caballo del carro, y tal parecía que se hubiera instalado de manera permanente por el aire de calma que transmitía.
Hacía ya muchos años que no pasaba un hombre de las características de aquel. El pueblo sabía por experiencia que cuando pasaba uno de aquellos sujetos traía con él remedios medicinales basados en hierbas que, eficazmente, podían curar muchas dolencias que no podían ser tratadas por la rudimentaria medicina que se poseía. De ahí que la gente mayor se acercara a preguntar a ver si traía algo para sus achaques.
Los jovenes probaron su suerte en el interior del carromato, para averiguar qué les deparaba el destino. Todos ellos salían con los ojos soñadores, tal como si efectivamente por ellos mismos tuvieran un camino que realizar.
Los niños, que parecían haberse quedado con el forastero de manera permanente, continuamente le demandaban nuevas demostraciones de magia al hombre de negro. Este sonriendo iba de vez en cuando sacando monedas del aire, flores, y de vez en cuando incluso alguna golosina que regalaba ceremonialmente a los chiquillos.
Así pasó el forastero unos cuantos días, jornadas en los que al atardecer era contemplado a distancia por unos grandes ojos negros que le miraban furtivos desde la distancia de un montecillo. La muchacha, siempre con el pelo revuelto y aire de animal salvaje, gustaba de merodear por las tardes en las afueras del pueblo. Eso había provocado que desde siempre se la asociara con las cabras salvajes que brincaban por las rocas del monte.
Una noche la muchacha se acercó al fuego que brillaba de noche en el campamento del forastero. El perro negro apareció ante ella y se la quedó mirando silencioso. Luego hizo un gesto con la cabeza y acompañó a la muchacha al lugar donde el hombre miraba absorto las llamas.
El forastero se marchó. Se llevó consigo, de aquel pueblo, los sueños de otra realidad que velaban en el corazón y un tesoro: la muchacha de negro pelo revuelto que por fin encontró la salida de un lugar cuya alma no quería.

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